
En el invierno de 1636-37, en plena fiebre holandesa por los tulipanes, hubo bulbos que se contrataron por miles de florines: más de lo que un artesano cualificado ganaba en diez años, y precios comparables a los de una casa en Ámsterdam. El más deseado, el Semper Augustus, lucía llamas rojas sobre pétalos blancos. En febrero de 1637 los precios se desplomaron y nació la primera burbuja financiera de la historia.
Hasta aquí, la leyenda. Ahora, los matices que descubrieron los historiadores al mirar los archivos: casi nadie se arruinó. Era un mercado de contratos de futuros entre comerciantes acomodados, muchos pagos nunca se ejecutaron y la economía holandesa ni se inmutó. Las historias de ruina nacional las inflaron panfletos moralistas.
¿La vuelta final? Aquellas llamas hipnóticas del Semper Augustus las causaba un virus. Lo más caro del mercado más loco de la historia era, literalmente, una flor enferma.