
Necesitaba fotos para renovar el carné y usé el fotomatón de la estación, el de siempre. Tres destellos, como toda la vida. Esperé el zumbido y la tira cayó a la bandeja, todavía húmeda.
Había cuatro fotos.
En las tres primeras salgo yo: serio, más serio, con el pelo aplastado. En la cuarta también salgo yo, pero de espaldas. Se me ve apartando la cortina, saliendo de la cabina, con un abrigo oscuro que no es el mío. En la esquina, borroso, el reloj del andén marca una hora que todavía no ha llegado.
He vuelto a sentarme en el taburete. Por la ranura del dinero entra el frío. Fuera alguien carraspea, espera su turno, golpea dos veces el metal con los nudillos. Yo miro la cortina cerrada y hago cuentas: mientras no salga, la cuarta foto no puede hacerse.
En el respaldo del taburete, doblado con cuidado, hay un abrigo oscuro. Empieza a hacer frío de verdad.