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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Vendemos las que suben y guardamos las que caen

En 1998, el economista Terrance Odean puso bajo la lupa 10.000 cuentas de un bróker estadounidense: años de compras y ventas de inversores corrientes. El patrón saltaba a la vista: vendían con mucha más facilidad las acciones que subían que las que bajaban. A las perdedoras las guardaban años, esperando «que se recuperen».

Salía caro por partida doble. Las ganadoras que soltaban siguieron subiendo: al año siguiente rendían, de media, unos 3,4 puntos más que las perdedoras que conservaban. Y fiscalmente es el mundo al revés: vender pérdidas suele rebajar impuestos; vender ganancias, adelantarlos. Solo en diciembre, con el fisco a la vista, soltaban perdedoras.

Shefrin y Statman ya le habían puesto nombre en 1985: efecto disposición. Y la raíz no es matemática, es emocional: mientras no vendes, la pérdida «no cuenta». Vender un perdedor es firmar, delante de ti mismo, que te equivocaste.

Tu cartera no guarda tu orgullo; solo tus decisiones. La pregunta útil no es si esa acción volverá, sino por qué necesitas que vuelva.