
La noche del cambio de hora, Clara se quedó despierta para vivir dos veces la misma hora. A las tres en punto, el reloj del salón volvió a las dos, obediente.
La segunda vez, el café sabía igual y la calle seguía vacía. Solo el gato notó algo: bajó del sofá y se sentó de cara al pasillo, muy quieto, como quien cede el sitio.
A las dos y veinte —la segunda vez— sonaron pasos en el piso de arriba, el que llevaba meses vacío. No eran pasos de mudanza: eran pasos de alguien que conoce la casa a oscuras. Cruzaron el techo despacio, se detuvieron donde ella sabía que había una ventana y ya no volvieron a moverse hasta las tres.
Cuando la hora repetida se agotó, el gato regresó al sofá y el techo quedó en silencio.
Clara lo entendió mientras apagaba la luz: la hora que devolvemos cada octubre no se destruye. Se la dan a alguien. Y arriba, alguien la había gastado entera en mirar por una ventana.