Escuchar de verdad es prestar tu silencio sin cobrar interés. Casi nadie puede permitírselo.
La mayoría no escucha: espera. Afila la respuesta mientras el otro todavía habla, como quien recarga el arma antes de que el enemigo termine la frase. Y luego se sorprende de no haber entendido nada.
Escuchar cuesta porque exige renunciar, un rato, a existir. Y existir es lo único que nos han enseñado a no soltar.