
En enero de 1754, el escritor inglés Horace Walpole le contó a un amigo, por carta, que acababa de hacer un pequeño hallazgo por pura casualidad. Como no existía palabra para eso, la fabricó: «serendipity».
La sacó de un cuento que le encantaba, «Los tres príncipes de Serendip». Serendip era el nombre antiguo de Ceilán —la actual Sri Lanka—, y sus príncipes viajaban descubriendo sin parar, por accidente y por sagacidad, cosas que no estaban buscando.
La palabra dormitó en esa carta durante generaciones y despertó en el siglo XX, cuando la ciencia se dio cuenta de que le hacía falta: la penicilina, los rayos X o el microondas fueron serendipias de manual.
El español tardó aún más en dejarla entrar: la RAE no admitió «serendipia» hasta 2014. Un cuento oriental, una carta privada y 260 años de viaje para ponerle nombre a la suerte que solo encuentra a quien está mirando.