
El primer emoji cabía en un cuadrado de doce por doce píxeles. Lo dibujó Shigetaka Kurita, un diseñador japonés de 25 años, en 1999, para el móvil de bolsillo que la operadora NTT DoCoMo acababa de sacar: se llamaba i-mode y su pantalla no admitía más resolución.
Kurita hizo 176 iconos en menos de un mes. Se los pidieron porque los mensajes cabían en 250 caracteres y la gente los usaba mal: un «vale» a solas podía ofender, y un «feliz cumpleaños» sin adornos parecía un trámite. La empresa quería un símbolo del tamaño de una letra que dijera lo que las palabras no llegaban a decir.
Kurita no dibujó rostros. Copió pictogramas de manga, de partes meteorológicas y de señales de tráfico. La cara sonriente clásica no era suya: se sumó ocho años después, cuando Apple metió el emoji en el iPhone. La foto de Kurita de esa mesa de dibujo cuelga desde 2016 en la colección permanente del MoMA de Nueva York.
Sus 176 iconos originales están archivados como pieza de diseño industrial: un cuadrado de doce por doce que ganó al idioma.