Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen
Las últimas semillas las sembró a mano

Antes: Elsa Trigo, apicultora, halló semillas de árboles quemados en 1994 dentro de once colmenas heredadas. Quedan ocho por sembrar antes del día 30.
Amanece del día 29. Quedan cero horas cómodas: el camión llega en veinticuatro. Elsa Trigo baja del piso al patio y coloca en fila las ocho cajas que aún tiene sin abrir. Cuenta las semillas de cada una con la palma abierta, sin mezclarlas. Le salen 340: perales, ciruelos, un manzano de nombre largo, dos variedades sin ficha.
Rosalía Nevado, presidenta de la junta vecinal, llama a las siete. Solo dice tres cosas: «el camión sale a las seis de la mañana del día 30», «llevamos treinta años sin lluvia por estas fechas» y «yo bajo con dos regaderas a las ocho».
Amaro Cid, veterinario de la comarca, aparece a las nueve con la furgoneta cargada de tierra tamizada y ocho tutores de bambú. No habla mucho. Deja la tierra en montones a lo largo del murete y espera con las manos en los bolsillos. Cuando Elsa le pregunta si quiere café, dice que no y que él ya cumplió su parte en el capítulo anterior.
El vivero comarcal envía a Baltasar Pérez, técnico en propagación, con una lista y un sello. Baltasar mira las semillas por encima de las gafas, hace fotos y firma un albarán para cada caja. El sello dice: SEMILLAS RECIBIDAS PARA SIEMBRA IN SITU, ANTES DEL DÍA 30 A LAS 24:00.
Sembrar in situ significa plantar la semilla donde va a crecer, no en semillero. Elsa reparte las ocho ubicaciones: cinco en el huerto de su padre, dos en la linde de la finca de Amaro y una en el prado que fue de Ovidio. En el prado de Ovidio abre un hoyo más grande y añade un puñado de las semillas de la caja número 5 (mixtas, sin ficha), por si alguna es de las que aún no tienen nombre.
A las cinco de la tarde bajan a la finca los siete vecinos que Rosalía había convocado por WhatsApp. Cada uno lleva una regadera, un cuchillo y una tablilla. Elsa reparte las siete cajas restantes y se queda con la ocho, la que le toca a su padre. Explica una sola cosa: «no las metáis a menos de tres dedos, no las apretéis». Baltasar apunta los nombres y las variedades en su lista.
Julián Trigo, el padre de Elsa, fruticultor jubilado, aparece al final con el brazo en cabestrillo y una bolsa de plástico. Cuenta que la abuela ha limpiado del arca del bar las siete últimas bolsas que quedaban, y que Rosalía se las ha traído hace media hora. Son nombres que Baltasar no tiene en la lista: albaricoque de Sorbeda, cerezo negro, dos manzanos de la ladera este. Elsa las suma sin decir nada, y las siete se reparten entre los siete hoyos que ya están abiertos.
A las ocho y media, Baltasar firma el último albarán con la fecha del día 29 y añade una nota a mano: «siembra completada; se retiran las cajas vacías». Los siete vecinos se van sin brindar. Rosalía apaga la luz del murete. Amaro carga las cajas vacías en la furgoneta y las lleva al almacén de la junta, con las iniciales grabadas todavía a la vista.
Elsa se queda sola con la caja número 8. La abre en el prado de Ovidio, a mano, sin herramientas. Dentro hay treinta y dos semillas y una tablilla de madera clavada al fondo, con una sola letra grabada: J. Es la caja que su padre marcó el día que denunció su propio huerto. Las ocho últimas las sembró a mano, una por colmena vacía, y en la que le tocaba a su padre clavó una tablilla con el nombre completo de la variedad y el año en que la habían quemado.