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Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen

Quedan ocho colmenas y cinco días para sembrar

Antes: en el arcón del bar Rosalía sacó cuarenta bolsas más con la letra de Ovidio, en total 51 semillas de 80 huertos quemados, y confesó que ella se calló veinte años.

El día 8 antes del camión, Elsa Trigo, apicultora, mete las cincuenta y una bolsas en dos cajones de manzanas y baja al vivero comarcal de Sorbeda. Julián Trigo, su padre, se queda en la casa con las ocho colmenas por revisar y una lista.

El vivero es una nave larga con techo de fibrocemento, ocho invernaderos en batería y un despacho al fondo con un ordenador y un archivador. La atiende Damián Rebolledo, ingeniero agrónomo del vivero comarcal, cincuenta y dos años, camisa gris arremangada.

—Cincuenta y una bolsas. Doce variedades distintas. Peral de invierno de Sorbeda, manzano reineta de la Peral, cerezo temprano del Rebollar, ciruelo claudia negra del alto, membrillero de Ceceda…

—¿Están todas identificadas?

—Ovidio anotó variedad, huerto y año en cada bolsa. Ochenta huertos quemados, cincuenta y una semillas conservadas. Veintinueve variedades perdidas del todo.

Damián abre la primera bolsa, extiende cuatro pepitas sobre una hoja blanca, las mira contra la luz del fluorescente y cierra la bolsa con una pinza.

—Elsa, esto pasa por el registro de material vegetal de la comunidad autónoma. Yo puedo aceptarlas hoy y darte hoja de entrada. Pero el registro solo las cubre si están plantadas en suelo agrícola antes de la fecha del acta. Del acta, no de tu voluntad.

—Cinco días.

—Del acta al camión, cinco. En el papel: si están en tierra el veintinueve, forman parte del patrimonio vegetal de la comarca. Si están en una caja el treinta, son cincuenta y una bolsas de semilla vieja sin dueño. Y la sanidad vegetal de 1994 sigue vigente en el archivo.

—¿Puedo plantarlas en cualquier huerto?

—En cualquier parcela con calificación agrícola. Los ocho huertos que quedan en pie de los ochenta pueden. Los prados no. Los ochenta quemados están recalificados como forestal desde 1996: no pueden.

—Ocho huertos y cincuenta y una semillas.

—Reparte las variedades por huerto para no perderlas todas si algo va mal el año que viene. De cada variedad, mete tres semillas en el mismo hoyo: si prospera una, prosperan las tres; si no prospera ninguna, no era la parcela.

Damián le da una hoja de entrada con sello, un plano de las ocho parcelas agrícolas de la comarca, y una bolsa de plástico con marcadores blancos numerados del 1 al 60.

—Un marcador por hoyo, con la variedad escrita encima. Foto del marcador y del hoyo antes de tapar. Aquí, en el vivero, se archivan las fotos. Si algún inspector viene el año que viene, es lo único que las salva.

—¿Y las veintinueve variedades que no están?

—Se perdieron en 1994. Eso no lo arregla nadie.

En la puerta Damián le tiende una linterna frontal.

—Los hoyos hondos se abren por la mañana o al final de la tarde, nunca al mediodía. El sol de agosto seca la semilla antes de que la tapes. Y si llueve fuerte, los hoyos con arcilla se te llenan de charco: cambia esa variedad a la parcela de tu padre, que drena.

Elsa vuelve por el camino de la casa con las cincuenta y una bolsas, la hoja sellada y el plano. En la mesa de la cocina, Julián Trigo, fruticultor jubilado, la espera con la caja doce abierta y dos bolsas más sobre el mantel: aparecieron dobladas detrás del tabique interior, con la letra de Ovidio, «albaricoquero temprano de Sorbeda, 1994» y «peral moscatel del Rebollar, 1994». Suman cincuenta y tres.

—Trece variedades entonces —dice él—. Y sigue faltando la mitad.

Elsa despliega el plano sobre la mesa, marca las ocho parcelas con lápiz y anota al margen los nombres de los dueños: Amaro, Rosalía, Julián, Balbina, Aquilino, Nieves, Herminio, Sinesio. Reparte las trece variedades por parcela, tres semillas por hoyo, y saca las cuentas del papel: cincuenta y tres hoyos, sesenta marcadores blancos, siete de sobra. La parcela de Balbina Losa está a media hora andando y da la solana; la de Julián, detrás de la casa. Empiezan por esas dos hoy antes de que caiga el sol.

Julián coge la linterna frontal y una azada del cobertizo. Elsa dobla el plano en cuatro y se lo guarda en el bolsillo del pantalón.