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Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen

El consultorio cerrado tiene el archivo limpio

Antes: en Valdecierzo, alguien firma recetas con la firma auténtica del doctor Sagasti, muerto en 2024. Águeda, boticaria, guarda treinta y una. Quedan doce días.

La estafeta de Valdecierzo abre dos horas al día en el bajo del ayuntamiento, y el jueves a las diez y veinte Águeda Mendioroz era la única clienta. Llevaba doce días por delante, un sobre grande en el bolso y una idea que no le había contado a nadie. El sobre era el listado prometido a Marcial Beloki, el técnico de facturación del área: treinta y una numeraciones rojas en columna, copiadas con su letra de rellenar vales, y una nota de dos líneas pidiéndole el detalle del parte de destrucción de abril de 2024. Lo mandaba certificado, con acuse, porque desde que la palabra «inspección» vivía en su calendario había decidido que todo lo que saliera de la farmacia dejara rastro.

Detrás de la ventanilla, Charo Ibargüen lleva la estafeta desde los tiempos del franqueo con esponja: pesó el sobre, le plantó dos sellos con el canto de la mano y giró el libro de certificados para que Águeda firmara en la casilla.

—¿Asunto de médicos? —preguntó, por el membrete de la gerencia.

—Papeles para la inspección del veintiséis. —Águeda firmó, y con la misma pluma señaló hacia la puerta, hacia el buzón amarillo atornillado a la fachada—. Charo, una cosa. Una carta echada ahí fuera, con su sello, ¿tú llegas a verla?

—Yo veo lo que pasa por la ventanilla. Lo del buzón lo saco a las doce, lo mato con el tampón y no le miro la cara a nadie. —Charo cerró el libro—. La semana que viene, si acaso, te miro mejor: eres la segunda que me pregunta por el buzón este año, y la primera fui yo, un día que se me cayó dentro la llave del portal.

Águeda salió con el acuse doblado en el bolso. La respuesta no le servía y por eso mismo le servía: cualquiera del pueblo, cualquier día de la semana, con un sello comprado a saber cuándo, podía haber echado la receta de Celedonio a ese buzón sin dar la cara ni un segundo. El correo no le iba a decir el nombre. Había que ir a mirar el sitio del que nadie hablaba desde hacía dos años.

El consultorio de Valdecierzo está a la salida del pueblo, camino del lavadero: una construcción baja de los años ochenta, de ladrillo visto y persianas de lama verde, con las rejas pintadas del mismo verde y un cartel de azulejo que todavía dice CONSULTORIO LOCAL. Desde que se cerró, el edificio es del inventario municipal, y el inventario municipal es Fermín Ozaeta, el alguacil, que en Valdecierzo significa llevar en el mismo manojo las llaves del frontón, las del cementerio y las de la báscula de camiones.

Águeda lo encontró en el pasillo del ayuntamiento, cambiando el fluorescente del tablón de anuncios.

—Fermín, necesito entrar en el consultorio. —Y como el alguacil bajó los brazos muy despacio, con el fluorescente en horizontal, añadió lo que traía preparado—: Viene inspección el veintiséis. Si ahí dentro quedó material sanitario, neveras, medicación caducada, lo que sea, me lo van a preguntar a mí, que soy la única sanitaria del término. Prefiero mirarlo antes que encogerme de hombros delante de la inspectora.

—Eso está cerrado desde lo del doctor, que en paz descanse.

—Por eso mismo. Dos años dan para mucho moho.

Fermín dejó el fluorescente apoyado en la pared y la llevó al cuartillo de detrás de secretaría, donde está el armario de las llaves: un armario metálico con casilleros numerados y un libro de tapas de hule colgado de un cordel. Buscó con el dedo, pasó dos hojas hacia atrás y leyó en voz alta, con el tono de quien lee el bando de las fiestas.

—Consultorio local. Llave entregada por la gerencia del área el doce de abril de dos mil veinticuatro, tras retirada de material. Recibí firmado. Casillero once. —Levantó la vista—. Aquí está, mira. Con su etiqueta del secretario y todo.

En el casillero once colgaba una llave de paletón grande, de cerradura antigua, con una etiqueta de cartón atada con cuerda fina y la firma del secretario cruzando el nudo, de esas que se rompen con abrirlas. La etiqueta estaba entera, amarilleando, con la esquina comida por el sol del cuartillo. Nadie la había desatado en dos años. Fermín la descolgó rompiendo la firma con el pulgar, sin ceremonia, y se guardó el libro bajo el brazo.

—Te acompaño, que sin papeleta del secretario no te puedo dar la llave, pero contigo dentro sí puedo estar yo. Y me apuntas en tu inspección esa que el alumbrado del consultorio lo di de baja yo en mayo del veinticuatro, que luego los del área dicen que gastamos.

Fueron andando, ella con el bolso y él con el manojo, los doscientos metros de calle mayor y el camino del lavadero. La cerradura de la entrada era de una sola vuelta y estaba dura de dos inviernos, pero abrió a la segunda, con un chasquido gordo, y la puerta barrió contra el suelo un montoncito de propaganda: dos calendarios de una casa de piensos, un folleto de una ortopedia de la capital, sobres de publicidad con la ventanita de plástico intacta. Lo más nuevo tenía fecha del invierno pasado. Por la rendija de esa puerta no había entrado nada más que papel.

Dentro olía a persiana caliente y a botica vieja, que es un olor que Águeda conoce de su propia trastienda: alcohol antiguo, cartón y goma de sonda. La sala de espera seguía amueblada de memoria: ocho sillas de pala apiladas de cuatro en cuatro, un perchero de pie, el tablón de corcho con una circular de vacunación de la gripe del año veintitrés y un cartel de NO FUMAR con el filo despegado. En el suelo de terrazo, una alfombra de polvo pareja, gris, sin estrenar. Fermín pasó el dedo por el respaldo de una silla y lo enseñó, con el gesto del que gana una discusión que nadie había empezado.

—¿Ves? Moho no. Polvo del bueno.

La consulta propiamente dicha daba a poniente. La mesa del doctor seguía en su sitio, con el hule verde y el frasco de depresores lavado y boca abajo; la camilla, con el papel de rollo acabado en un fleco; la báscula de pesas, clavada en el setenta y uno y medio de algún último paciente. Los cajones de la mesa, abiertos uno por uno delante de Fermín, estaban desocupados del todo: ni un talonario, ni un tampón, ni un bolígrafo. En la pared, junto al título enmarcado, colgaba una copia del acta de retirada de material, en papel del área, con sus renglones mecanografiados: instrumental, dos líneas; medicación y neveras, tres líneas; talonarios oficiales, retirados con recibí, los mismos seriales que Marcial le había cantado por teléfono. Águeda leyó el acta dos veces, renglón a renglón, con el dedo a un centímetro del papel. En el renglón «sello de centro» no había nada escrito. Ni retirado, ni destruido, ni no consta. El renglón estaba en blanco, con su punto y guión esperando desde abril de 2024.

—Fermín, ¿a ti te suena qué se hizo con el sello del consultorio? El tampón de estampar, el violeta.

—A mí me suena que el que quiera sellos va a la estafeta y se los compra —dijo Fermín desde la puerta, sin sospechar la finura de lo que acababa de decir.

El archivo estaba en el cuarto de atrás, entre la consulta y el botiquín: un fichero metálico de cuatro cajones, de color crema hospitalario, con marcos portaetiquetas y su llavecita puesta en la propia cerradura, girada, abierta. Águeda lo vio desde el pasillo y se paró antes de llegar, porque lo que tenía delante desentonaba con toda la casa, y tardó un segundo en poner en palabras por qué: el fichero no tenía polvo. La bandeja superior, donde en la sala de espera se podía escribir con el dedo, aquí devolvía el reflejo de la ventana. Los tiradores, limpios. El canto de los cajones, limpio. Alrededor, en el suelo de terrazo, la misma alfombra gris que en todas partes, y delante del fichero, hasta la silla de confidente arrimada a su lado, un claro barrido en forma de abanico, el que deja una puerta al abrirse o un trapo al pasar.

—Aquí ha limpiado alguien —dijo Fermín, y le salió en bajo, la voz de las iglesias.

Águeda abrió el primer cajón por hacer algo con las manos. Fichas clínicas de cartulina, formato antiguo, ordenadas por apellido con separadores de pestaña: ABAIGAR, ALDECOA, ARZOZ. Medio siglo de catarros del pueblo entero, cada cartulina con su historia en columnas —fecha, motivo, pauta— y las letras sucesivas de los médicos que pasaron por la plaza: la picuda del doctor anterior y, desde los años noventa, la apretada de Sagasti, que ella lleva veinte años descifrando a través del mostrador. El cajón corrió mudo, engrasado, sin una queja. El segundo cajón, de la B a la G, igual de suave, y ahí Águeda hizo lo que había ido a hacer aunque no lo hubiera dicho en voz alta: buscó BARAIBAR, CELEDONIO.

La ficha estaba una posición fuera de su sitio, delante de BALLARENA en vez de detrás, con la esquina superior blanda de dedos. Águeda la sacó con las dos manos. Por delante, media vida en columnas: la sarna del sesenta y ocho y la hernia del ochenta y uno en la letra picuda del médico anterior, y desde los noventa la apretada de Sagasti, con la pastilla de la sangre entrando el año catorce. Y en las últimas líneas de la columna, donde la letra apretada se acababa en marzo de 2024, seguían las anotaciones. Otra mano. Letra de imprenta, pequeña y derecha, de las de formulario, sin un rasgo por donde cogerla. Con fechas. La última decía: II-2026 — pasa a 3/4 — analítica h. comarcal. La bajada de dosis de Celedonio, la que decidió el médico de área en febrero, apuntada en la ficha de un consultorio cerrado desde hace dos años, con el papel del área en regla a cuatro pasos y la puerta de la calle criando propaganda.

Sacó también la de OCHANDIANO, BALBINA. La misma letra de imprenta seguía la columna: la digoxina de 2019, y debajo, con fecha de este año, revisión y sigue igual. Alguien llevaba al día la historia clínica de un pueblo sin médico, en el archivo de un edificio sin luz, y lo hacía con la disciplina de quien ha rellenado fichas toda su vida: la fecha delante, la pauta detrás, la fuente al final. Águeda devolvió las dos cartulinas a su cajón, la de Celedonio a su sitio exacto, detrás de BALLARENA, y se arrepintió al instante: acababa de corregir el único error que el orden de aquel cuarto había cometido.

—Fermín, ¿quién más tiene llave de esto?

—¿Del consultorio? Nadie, mujer. La que te he enseñado. Por eso te he leído el libro.

—¿Y esa?

El botiquín era la última puerta del pasillo, y no era una puerta como las demás: metálica, pintada de verde lama, con cerradura de seguridad de las de tetón. Águeda la había visto por fuera mil veces sin mirarla: da al callejón del lavadero, y por ella entraban las neveras de las vacunas y salía lo caducado, para no cruzar la sala de espera con las cajas. Fermín se quedó con el manojo en la mano, pasando llaves con el pulgar, dos vueltas completas al aro, y la cara se le fue poniendo de contar mal el cambio.

—De esta yo no tengo. —Levantó el libro de hule y lo abrió contra la rodilla, en la hoja del consultorio—. Aquí dice llave, en singular. Entregada por la gerencia, recibí, casillero once. Una. —Miró la cerradura de tetón, luego a Águeda—. Esta la llevaría el personal de la casa, digo yo. Como la de la báscula, que la tiene el de los camiones.

La puerta del botiquín estaba cerrada con llave. Águeda empujó con la palma, tanteó el tetón con la uña, se agachó a mirar el ojo de la cerradura: latón gastado de uso viejo, ni una raya nueva, ni una viruta, ni la boca despintada. Por dentro, pegado al cristal esmerilado del montante, se adivinaba el canto de las estanterías desocupadas. Salieron por donde habían entrado. Fermín cerró la puerta principal con su vuelta gorda, ató la etiqueta rota con un nudo provisional y prometió dar parte al secretario de que se había roto el precinto «por causa justificada», que se lo apuntó a lápiz en la palma de la mano.

Águeda se quedó un momento mirando el edificio desde el camino, con el bolso contra el costado. Ni una ventana rota, las rejas verdes con su costra de pintura entera, la propaganda del invierno criando polvo detrás de la puerta grande. Todo cuadraba y por eso no cuadraba nada. En la farmacia la esperaban la carpeta azul con treinta y una recetas, el calendario con el veintiséis rodeado en rojo y una tarde de mostrador; aquí quedaba un fichero sin polvo con las fichas al día, un renglón en blanco donde debía constar un sello, y una cerradura de tetón sin un arañazo a la que no correspondía ninguna llave de ningún libro. En el armario del ayuntamiento, la llave del consultorio consta devuelta desde abril de 2024, con la firma del secretario cruzando el nudo. Y la puerta, las dos puertas, sin forzar.