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Curiosidad · Del catálogo de Margen

César subió su propio rescate de 20 a 50 talentos

Las cruces que Julio César mandó levantar frente a Pérgamo, en la costa de la actual Turquía, el invierno del 74 antes de Cristo, las pagó un rescate que él mismo había inflado: los piratas que lo secuestraron pidieron 20 talentos y el secuestrado, ofendido, exigió que fueran 50. Esta historia la cuentan Plutarco y Suetonio, sus dos biógrafos antiguos, y se entiende mejor contada hacia atrás, desde las cruces hasta el chiste que las plantó.

El último día, en Pérgamo, César actuaba por libre, sin cargo público y sin que ningún superior lo respaldara. Tenía veinticinco años y prisa. El gobernador romano de la provincia de Asia, Marco Junco, se había quedado pensando qué hacer con los piratas capturados: vendidos como esclavos valían un dineral, y el dineral, administrado por el gobernador, tenía maneras de perderse por el camino. César no esperó el trámite. Volvió a la cárcel de Pérgamo, sacó a los presos por su cuenta y los crucificó a todos, que era exactamente lo que les había prometido. Les concedió una sola rebaja, y la concedió por afecto: mandó degollarlos antes de clavarlos, para ahorrarles la agonía. Le habían caído bien.

Unas semanas antes, nada de eso parecía posible. El rescate acababa de pagarse y los piratas lo habían soltado en la costa. Lo primero que hizo el liberado fue bajar al puerto de Mileto, una ciudad griega de la costa, armar unas naves con dinero y favores locales y volver derecho al fondeadero de sus secuestradores. Los cogió casi a todos donde los había dejado, contando monedas. Recuperó los 50 talentos, se quedó además con lo que había en el barco en concepto de botín, y entregó a los prisioneros en Pérgamo mientras escribía al gobernador. Del aviso al gobernador a las cruces pasaron días, no meses.

Para entender la escena hay que retroceder otro poco, a los 38 días del cautiverio en Farmacusa, un islote frente a la costa de Asia Menor. A los pocos días, el campamento entero funcionaba al horario del rehén. Escribía discursos y poemas y se los leía en voz alta a los piratas, y al que bostezaba lo llamaba analfabeto y bárbaro a la cara. Cuando quería dormir la siesta, mandaba callar el campamento, y el campamento, para asombro de la historia, callaba. Participaba en sus juegos y en su gimnasia, y entre carcajadas de todos repetía la broma de la casa: cuando me soltéis, volveré con naves y os crucificaré uno por uno. Los piratas celebraban el descaro del chaval. Treinta y ocho días riéndose, cada uno por su motivo, y solo uno de los dos bandos sabía que no era broma.

Y al principio del todo, el primer día, hay un barco camino de Rodas, la isla donde los jóvenes romanos con carrera por delante iban a pulir la oratoria. A bordo, un patricio de veinticinco años de una familia con más apellido que dinero, todavía sin mando propio ni ejército que lo conociera. Cuando los piratas cilicios —los dueños de facto de aquel mar, con flotas enteras dedicadas al secuestro— abordaron la nave junto a Farmacusa y tasaron al pasajero en 20 talentos, hicieron una cuenta razonable: 20 talentos eran una fortuna, más de 500 kilos de plata, el precio de un cargamento entero. La respuesta del pasajero la conservaron los biógrafos porque la escena, dos mil años después, sigue sin tener precio. César se echó a reír y les corrigió la tarifa: —¿Veinte talentos por mí? No sabéis a quién habéis cogido. Pedid cincuenta.