Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen
Un cuaderno gris con letra de enfermera

Antes: en Valdecierzo alguien firma con la letra del doctor Sagasti, muerto en 2024. Los once de la carpeta azul perdieron médico a la vez.
El lunes 18, con ocho días para la inspección, el almacén dejó el pedido en la acera antes de que Águeda Mendioroz, farmacéutica de Valdecierzo, hubiera terminado de subir el cierre. A las ocho en punto, mientras firmaba el albarán apoyada en la rodilla, oyó unos zapatos de suela dura en las losas y supo quién era sin levantar la cabeza.
Rosalía Sagasti, enfermera del consultorio durante treinta y cuatro años y jubilada desde hace tres, seis meses justos antes de que se muriera su hermano, traía una receta doblada en el bolsillo del abrigo.
—La de Balbina —dijo, y la dejó en el mostrador—. Como te dije.
Águeda se secó las manos en la bata y la miró de cerca. Era una receta del médico de área: el sello redondo de azul desvaído, el número de colegiado que Águeda lee veinte veces al día, la letra rápida de quien firma cuarenta en una mañana. Digoxina, un comprimido al día, envase de veintiocho. Todo en regla, todo comprobable, todo aburrido.
Era la caja adelantada. Desde junio el envase trae veintiocho comprimidos y no treinta, así que cada cuatro meses hay que meter una de más para que Balbina no se quede sin nada un fin de semana. Lo tiene apuntado de su puño y letra en el libro de reparto, al lado de la cruz del timbre roto.
Era lo primero normal que pasaba en la farmacia desde el martes.
—Se la pedí yo por teléfono el jueves —dijo Rosalía—. A Balbina no le cogen a la primera y se cansa.
Y ahí estaba el problema, pensó Águeda mientras metía la receta en el cajón de las de hoy. Que era verdad. Que se podía llamar a la gerencia y confirmarlo en dos minutos, y que no aclaraba absolutamente nada de las treinta y una que tenía guardadas en la carpeta azul.
El reloj del mostrador, que adelanta cuatro minutos desde que ella tiene memoria, marcaba las ocho y diez. Las cajas del pedido seguían en la acera, con el precinto sin abrir.
—Rosalía, siéntate.
—Tengo la leche al fuego.
—Tienes la leche al fuego desde el sábado.
La enfermera se sentó en la banqueta de las visitas, la que se usa para tomar la tensión, con el abrigo puesto y el bolso encima de las rodillas.
Águeda había pasado el domingo por la tarde con una cosa dándole vueltas. En el canto del cuaderno gris que Rosalía había empujado hasta el fondo del cajón de la camilla había una fila de números escritos a bolígrafo, ya medio comida por el roce. No era una fecha: eran demasiados dígitos y no había barras. Y el jueves, en el consultorio cerrado, con Fermín Ozaeta, el alguacil, pasando el dedo por el polvo de las sillas, Águeda había visto esa misma fila escrita a mano en la cartulina del horario, pegada por dentro del cristal de la entrada.
Era el teléfono del consultorio. El de antes de que en 2011 centralizaran las llamadas en el área y ese número dejara de existir.
—Le pusiste el número de la consulta en el canto —dijo Águeda—. Para que si se perdía supieran dónde devolverlo.
Rosalía miró la máquina de la tensión. Después miró el calendario de laboratorio de la pared, el del campo de lavanda, con los días tachados hasta el 17.
—Se me perdió dos veces en treinta y cinco años —dijo—. Una en el bar y otra en el autobús de Tafalla. Las dos me llamaron a ese número y las dos lo recogí yo.
Sacó el cuaderno del bolso y lo dejó encima del mostrador, entre la carpeta azul y la caja de bolsas. Hule gris, de los que forraban en la papelería de Tafalla, con las esquinas redondeadas de tanto ir y venir en un bolsillo y una goma de las de fajar billetes sujetando las tapas.
—Ábrelo tú —dijo—. Yo ya sé lo que pone.
La primera página estaba escrita con una letra pequeña, muy vertical, de las que se aprendían para caber en una ficha. Arriba, subrayado dos veces: *dosis · alergias · quién vive solo*.
—Lo empecé en el noventa y uno —dijo Rosalía—. Braulio no había llegado todavía. Aquí estaba el de antes, el de aquella letra picuda de las fichas, que no me contaba nada y se iba a las dos. Yo era la que subía al barrio alto a poner las inyecciones, y la primera vez que le pinché a un hombre lo que no le tocaba porque nadie me lo había dicho, me bajé a Tafalla y me compré ese cuaderno.
—¿Y cuando llegó tu hermano?
—Cuando llegó Braulio, en el noventa y tres, se lo sabía todo de memoria a los seis meses. Cuatrocientas personas. Quién no abre a la primera, a quién le sienta mal la penicilina, en qué casa hay que dar dos voces desde el portal. Yo seguí escribiéndolo igual.
—¿Para qué, si él se lo sabía?
—Porque la memoria de un hombre se entierra con él —dijo Rosalía, y se quedó mirando la máquina de la tensión otra vez.
Águeda pasó páginas. No era un historial: era otra cosa. Al lado de cada nombre, la pauta y las alergias, sí, pero también la letra pequeña que ningún ordenador guarda. *No lee el prospecto, se lo lees tú.* *Vive sola, la hija en Zaragoza.* *Timbre roto, dar dos voces desde el portal.* *Se le acaba el viernes.* *No conduce.* Anotaciones de tres palabras, escritas de pie, con el boli que se llevara ese día: unas en azul, otras en verde, alguna en rojo.
Había también nombres tachados con una raya limpia, sin ensañarse, una raya de enfermera, y al lado la fecha y nada más. Treinta y tantos en treinta y cinco años. Águeda reconoció a dos de un golpe: la mujer que le vendía los huevos a su madre y el hombre que barría delante de la iglesia los sábados.
—El médico de área tiene el historial —dijo Rosalía—. Tiene la analítica, la alergia y la dosis. No tiene esto. Y esto es lo que hace falta para saber si una persona se va a tomar la pastilla o se va a quedar el cartón encima del televisor.
—Rosalía.
—Te lo digo porque me lo preguntas.
—Te lo pregunto porque el día 26 se sienta ahí una inspectora.
—Ya lo sé. Por eso lo he bajado hoy y no el sábado: quiero que sepas lo que hay dentro antes de que te lo pregunte ella.
Águeda llegó a las últimas hojas, las que se escriben cuando el cuaderno ya lleva media vida abierto. Ahí la letra cambiaba de tamaño, se apretaba, se torcía; había fechas nuevas encima de fechas viejas. Y en el margen izquierdo, junto a algunos nombres, una cruz pequeña a lápiz.
Las contó dos veces. Once cruces.
Se levantó, abrió la carpeta azul y puso al lado la lista que había hecho el viernes con los nombres de las treinta y una recetas. El cuaderno los llevaba por el año en que cada uno se había quedado solo; su lista iba por fecha de receta. Tuvo que cruzarlos con el dedo, uno a uno, como el domingo. Baraibar. Ochandiano. Redín. Y los otros ocho.
Los mismos once, sin una sobra ni una falta.
—Estos once están marcados aquí desde antes de que cerrara el consultorio —dijo Águeda.
—Están marcados desde que se quedaron solos en casa —dijo Rosalía—. Unos hace quince años y otros hace tres. La cruz la puse yo el día que me di cuenta de que si no subía nadie, no subía nadie.
Cerró el cuaderno con las dos manos, le pasó la goma y lo metió en el bolso antes de ponerse de pie.
—Lo empecé en el noventa y uno y lo he llevado yo sola —dijo—. Ahí está todo lo que de esta gente no hay en ningún papel.
Salió a la calle a las ocho y cuarenta, y Águeda la vio pasar por delante del escaparate sin mirar dentro. En Valdecierzo la única lista que dice quién vive solo la escribió una enfermera hace treinta y cinco años en un hule gris, la lleva en el bolso y no consta en ningún sitio.