Relato · Del catálogo de Margen
Gradué un 6a honrado y 27 alumnos se quedaron abajo

—Ese 6a es honrado. Te lo firmo.
—Tengo veintiocho matrículas de octubre colgando de esa pared, Nekane.
—Pues de las veintiocho hoy sube una, y no va a ser por fuerza.
—Eso no es una previsión, es una amenaza.
Llevo once años atornillando presas en este rocódromo. Soy la equipadora: monto las vías, decido por dónde se sube y le pongo el grado. Óscar Peláez lleva el negocio. Aquella mañana llevábamos veinte minutos delante del mismo muro.
La vía era la del examen final del curso de iniciación. Veinte metros, presas amarillas y un solo paso serio a la altura del séptimo seguro, el séptimo punto donde se engancha la cuerda. Ahí la mano derecha se va alta, el pie izquierdo se queda bien puesto, y el pie derecho tiene que buscar una presa pequeña, un pellizco de resina del tamaño de media galleta, que está a la vista de cualquiera desde el suelo. Quien la pisa, sube. Quien tira del brazo antes se queda colgado a un palmo del siguiente agarre y baja en la cuerda.
No hay trampa. No la escondí. La puse donde se ve.
—Quítala —dijo Óscar—. O pon una grande al lado.
—La necesitan.
—Por eso te digo que la quites.
El número que discutíamos no es un número. La escala francesa —6a, 6b, 6c, y así hacia arriba— parece una medida, y no lo es. Nadie mete una vía en una máquina y saca el grado. La equipadora propone: yo monto los movimientos y digo 6a. Después la escalan otros, la comparan con las vías que ya conocen y con las de otros rocódromos, y de esa discusión sale un consenso. El grado es eso, el acuerdo. Por eso una vía puede pasarse tres semanas siendo un 6a discutido antes de asentarse en 6a+.
Ese acuerdo es lo mejor que tiene este deporte y lo que lo hace tan fácil de estropear. Un metro es un metro en Pamplona y en Lyon. Un 6a es un acuerdo entre gente que se ha colgado de las mismas presas, y un acuerdo se puede aflojar poquito a poco sin que nadie firme nada. Basta con que cada equipador redondee hacia abajo cuando el cliente se queja. Tres años de redondeos y el 6a de tu casa ya no es el 6a de nadie más.
—¿Y cuánto mide exactamente un 6a? —me preguntó Óscar, que sabe perfectamente la respuesta y la hace igual cada trimestre.
—Depende de a quién se lo preguntes.
—Eso no es una medida.
—Bienvenido a la escalada.
Empezó el examen. El primer alumno se apretó los pies de gato —las zapatillas de escalada, siempre dos números pequeñas—, llegó al paso, clavó la vista en la mano de arriba y tiró. El pie derecho se le quedó bajo, la cadera se le separó de la pared y los brazos se comieron todo el peso. Aguantó tres segundos, buscó una fuerza que no venía incluida en la matrícula y se fue a la cuerda.
El segundo vio caer al primero y decidió tirar más rápido. Consiguió caerse antes. La tercera probó a entrar desde más abajo. El cuarto cambió de mano. Una alumna preguntó si podía usar las presas azules y Óscar, desde el suelo, contestó que por él podía usar la escalera de incendios.
El mismo paso tampoco vale lo mismo para todos los cuerpos. Con brazos largos, esa presa pequeña sobra: alcanzas el agarre siguiente estirándote y ya está. Con brazos cortos hay que girar la cadera, cargar la pierna y subir el hombro. Si gradúo pensando solo en el primero, el segundo se encuentra con un problema mucho más duro debajo de la misma etiqueta. Difícil, vale. ¿Para quién?
Yo los bajaba, apuntaba el intento y le hacía a cada uno la misma pregunta:
—¿Dónde tenías el pie derecho?
Ninguno lo sabía. Se acordaban de la mano, del hombro, de la cara de Óscar, de que había un mosquetón torcido. El pie derecho no salía en la película. Ese es el vicio que trae un curso de iniciación cuando va con prisa: enseñas a agarrar antes que a colocarte, y el alumno aprende a resolverlo todo estirando el brazo hacia arriba.
Al décimo intento fallido, Óscar se acercó al pie de vía con la carpeta pegada al pecho.
—Ponle 5+.
—Se seguirían cayendo en el mismo sitio.
—Ya, pero se caerían de algo más fácil.
Ese es el negocio de ablandar los grados. Si un rocódromo llama 6a a lo que el consenso pondría en 5+, el alumno termina el curso convencido de que encadena un 6a —es decir, que lo sube entero sin caerse ni colgarse de la cuerda—, renueva en octubre para buscar el 6b y se lleva de este sitio una sensación estupenda. La etiqueta vende. El problema llega el día que sale a roca, porque el 6a de la guía no tiene gerente, no depende de las matrículas de octubre y no baja el grado porque alguien haya pagado un curso. Ahí el escalador descubre que su historial estaba inflado, y falla sin saber por qué, porque lleva meses recibiendo notas que le tapaban justo lo que no había aprendido.
Cuando le tocó a Rosa Iturbe quedaban seis alumnos, poco magnesio y ninguna esperanza comercial. Rosa es fisioterapeuta, se apuntó en abril y en todo el curso no ha dicho más de cuatro frases. Se ató, revisó el nudo, miró la pared un rato largo y subió.
Llegó al paso y no tiró. Puso la mano derecha en el agarre alto, se quedó ahí quieta y bajó la vista. Óscar hizo un ruido de entierro. Rosa encontró la presa pequeña con la punta del pie derecho, esperó a que la cadera le quedara encima de ese apoyo y entonces estiró la pierna. El cuerpo subió antes de que el brazo tuviera que hacer gran cosa. La mano izquierda llegó al agarre siguiente casi sobrando.
Terminó la vía y llegó a la reunión, las dos anillas atornilladas al final del recorrido.
—¿Ya está? —preguntó desde arriba.
—Ya está.
—Es que me he mirado el pie.
—Se nota que trabajas con gente que anda.
Bajó, y los otros veintisiete se acercaron a la pared a examinar de cerca la presa que llevaban dos horas pisando con los ojos. Óscar miró su lista: una encadenada, veintisiete pendientes.
—¿Qué les pongo? —dijo.
—Curso completado. Vía pendiente.
—Eso no se puede vender.
—Pues no lo vendas.
Se quedó un momento callado, mirando la pared con esa cara que se le pone cuando deja de discutir conmigo y empieza a hacer números.
—Curso nuevo —anunció, ya de camino a la oficina y en voz alta, para que lo oyera el grupo entero—. Seis semanas, cuarenta euros. Se llama Pies. Y la vía de examen la dejas exactamente como está.
Veintisiete se apuntaron antes de quitarse los pies de gato.