
De este a oeste, China abarca unos 5.000 kilómetros: territorio de sobra para cinco husos horarios, como Estados Unidos. Pero desde 1949 el país entero funciona con uno solo, la hora de Pekín. La medida buscaba reforzar la unidad nacional; el resultado es un experimento cotidiano fascinante.
En Xinjiang, en el extremo occidental, el sol puede alcanzar su punto más alto pasadas las tres de la tarde, y en verano no anochece hasta cerca de la medianoche. La vida se adapta: oficinas y comercios abren y cierran más tarde que en la costa.
Y hay un detalle político de fondo: parte de la población local usa de manera extraoficial una «hora de Xinjiang», dos horas por detrás de la oficial. Preguntar la hora allí puede ser, sin quererlo, preguntar algo más.