
El mapamundi que casi todos tenemos en mente es la proyección de Mercator, dibujada en 1569. Y no fue pensada para enseñar geografía, sino para navegar: convertía las rutas de rumbo constante en líneas rectas, algo utilísimo con una brújula en la mano.
El precio de ese truco es enorme. Para mantener los ángulos, Mercator estira el planeta cerca de los polos. Resultado: Groenlandia parece un continente cuando cabría catorce veces dentro de África. Alaska se ve mayor que México, aunque México es más extenso. Europa y Norteamérica salen ganando; África y Sudamérica, empequeñecidas.
No hay conspiración: aplanar una esfera obliga siempre a deformar algo. Pero conviene recordarlo, porque los mapas no solo describen el mundo. También ordenan, sin que lo notemos, la importancia que damos a cada trozo de él.