Curiosidad · Del catálogo de Margen
En 1960 un terremoto midió 9,5 y el mar llegó a Japón

22 de mayo de 1960, las 15:11 en el sur de Chile: el suelo se movió durante unos diez minutos y los sismógrafos de medio mundo se salieron de escala. El número que hoy lleva aquel terremoto, un 9,5 de magnitud de momento, es el mayor jamás medido con instrumentos, y se calculó bastante después: la escala de momento no existía en 1960. Sesenta y seis años más tarde sigue sin haber otro igual.
La cifra engaña porque parece una nota sobre diez. La magnitud de momento es logarítmica: cada punto entero equivale a unas treinta y dos veces más energía liberada. Entre el 8,5 de un terremoto devastador y el 9,5 de aquel día no hay un escalón, hay treinta y dos.
Lo que cedió fue un tramo de falla de cerca de mil kilómetros —la distancia que hay de Barcelona a París por carretera— donde la placa de Nazca se hunde bajo Sudamérica. Trozos enteros de costa bajaron cerca de dos metros de golpe y se quedaron abajo. En el río Cruces, al norte de Valdivia, el agua entró en unos campos de vacas que nunca volvieron a secarse: hoy son un humedal protegido lleno de cisnes de cuello negro.
A partir de ahí la historia deja de ser chilena.
En mar abierto, una ola de tsunami se levanta unas decenas de centímetros y pasa por debajo de un barco sin que nadie a bordo se entere. Lo peligroso es la velocidad: cruza el océano a unos 700 kilómetros por hora, la de un avión de línea. Cuando el fondo se vuelve poco profundo, la parte baja de la onda frena y toda esa energía se levanta contra la costa.
Hilo, la ciudad principal de la isla grande de Hawái, tuvo aviso. Las sirenas sonaron por la noche y el mar entró de madrugada, quince horas después del temblor. Parte de la gente había bajado a mirar la bahía o había vuelto a casa entre una ola y la siguiente. Murieron 61 personas y el frente marítimo quedó arrasado; Hilo decidió no volver a construir en la franja baja y ese suelo es hoy un parque.
La onda siguió hacia el oeste. Veintidós horas después del terremoto, a 17.000 kilómetros —media vuelta al planeta—, llegó a la costa pacífica de Japón. En Ofunato y en otros puertos de la prefectura de Iwate se llevó por delante casas y barcas. Murieron unas 140 personas por un temblor que había ocurrido en el otro hemisferio mientras dormían.
Cinco años más tarde, sobre un observatorio que ya funcionaba en Honolulu desde 1949, la Unesco coordinó el primer sistema internacional de aviso de tsunamis del Pacífico. Su razón de ser cabe en una cuenta de aquella noche: el agua tarda quince horas en ir de Chile a Hawái y veintidós en llegar a Japón, y en veintidós horas da tiempo a subir andando a un monte.