Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen
La enfermera guarda una etiqueta de 1998

Antes: en Valdecierzo alguien firma con la letra del doctor Sagasti, muerto en 2024. El archivo del consultorio cerrado está al día. Quedan diez días.
El sábado a las dos, con diez días por delante para la inspección, Águeda Mendioroz, boticaria de Valdecierzo, bajó el cierre y subió al barrio alto con una carpeta que no era de la farmacia: dos hojas cuadriculadas con once nombres, el acuse del certificado que le había mandado a Marcial Beloki y, copiadas a mano el jueves, dos líneas de dos fichas del consultorio.
Simón Goñi, panadero, bajaba en la furgoneta con las bandejas ya vacías y frenó a su altura.
—¿Subes a ver a Rosalía? —dijo—. Llévale la barra de medio, que hoy no ha bajado.
Águeda cogió el pan y siguió cuesta arriba. La casa de Rosalía Sagasti es la última de la calle de la Fuente, pegada a la del médico, con la misma cal y el mismo alero de teja vieja. Rosalía fue enfermera del consultorio de Valdecierzo durante treinta y cuatro años y se jubiló seis meses antes de que su hermano se muriera. Águeda la conoce desde las vacunas del colegio: dos puntos en una ceja a los nueve años, y las noches en que la farmacia abría a las tres de la mañana porque Rosalía llamaba al timbre y decía un nombre y una dosis, en ese orden, sin dar los buenos días.
—Pasa, que tengo el café hecho —dijo Rosalía, y se apartó del quicio sin soltar el pomo.
El comedor olía a café y a lejía. Sobre la mesa camilla había un mantel de cuadros doblado en dos, y debajo del doblez algo con las esquinas duras. Rosalía puso la bandeja encima.
—Vengo por trabajo —dijo Águeda—. Viene inspección el veintiséis y del botiquín del consultorio me van a preguntar a mí. El jueves entré con Fermín.
—Y no había nada que inventariar.
—No pude entrar en el botiquín. —Águeda abrió la carpeta y puso entre las tazas la hoja con las dos líneas que había copiado a mano—. Entré en el archivo. Y el archivo está al día.
Rosalía se puso las gafas de cerca, las que lleva colgadas de un cordón de zapato, y leyó la primera línea copiada, sin prisa, moviendo los labios como quien comprueba una dosis.
—Ochandiano, Balbina. Digoxina cero coma veinticinco, un comprimido al día, treinta días. —Dejó la hoja—. Eso lo puso Braulio en el diecinueve, cuando la mandó al cardiólogo de Estella. ¿Qué quieres que te diga?
—Lee lo de debajo.
Rosalía no volvió a coger la hoja.
—Léelo tú.
—Debajo pone «revisión, sigue igual», con fecha de febrero de este año. Y en la de Celedonio Baraibar pone «pasa a tres cuartos, analítica en el hospital comarcal», también de febrero. Braulio lleva dos años muerto, Rosalía. Esas dos líneas están escritas en letra de imprenta, pequeña y derecha, de las de rellenar formularios. —Águeda dejó el bolígrafo encima de la hoja, como se deja una carta encima de la mesa—. ¿De quién es esa letra?
Rosalía se sirvió azúcar y removió despacio, dos vueltas.
—El médico de área pasa dos mañanas —dijo—. Alguien tomará nota.
—El médico de área pasa a veintidós kilómetros y no tiene esas fichas. Las tiene un fichero de cuatro cajones en una casa precintada desde hace dos años y cuatro meses. Y ese fichero es lo único de todo el edificio que no tiene polvo. Se ve a contraluz, Rosalía: la sala de espera tiene una alfombra gris pareja y el fichero devuelve el reflejo de la ventana.
La enfermera dejó la cucharilla en el plato y la puso recta, alineada con el borde.
—Pues pregúntale a quien tenga la llave.
—Ya lo he hecho. Las llaves las tiene Fermín, el alguacil, en el casillero once, y en su libro de hule pone «llave», en singular. Entregada por la gerencia el doce de abril de dos mil veinticuatro, con la firma del secretario cruzando el nudo y sin desatar hasta el jueves. Una llave. La de la puerta grande. —Águeda esperó a que pasara el tractor de los Ballarena por la calle—. Del botiquín no hay llave en ningún libro de ningún armario. Y la puerta del botiquín estaba cerrada, con el tetón limpio y sin un arañazo.
Rosalía miró la ventana un rato largo.
—La llave del botiquín la tuve yo veinticinco años —dijo.
—Veinticinco años.
—Desde la obra. —Se levantó, fue al aparador y volvió con una foto enmarcada: doce personas delante de una fachada con andamio y, en el margen, el año escrito con rotulador, 1998. En el centro, su hermano con bata. A la izquierda, un albañil con la paleta en alto. A la derecha, ella misma, veintiocho años más joven, con una caja de cartón en brazos—. Nos ampliaron el consultorio por detrás, por el corral de la casa parroquial. Braulio pidió una cosa a la Diputación y se la dieron: que el botiquín tuviera puerta propia al callejón del lavadero. Antes, para poner una inyección a las cuatro de la mañana, había que abrir la consulta entera, encender todas las luces y firmar el libro de guardia. Con esa puerta entraba yo sola, cogía lo que hiciera falta y volvía a salir. Por ahí entraban también las neveras de las vacunas.
—Y la cerradura no está en el libro de llaves.
—La puerta la puso un albañil de Tafalla que se llamaba Julián y cobró en efectivo. La obra sí está, con su número de expediente. La cerradura, no. Nunca la apuntaron, porque el libro de llaves lo hicieron en el ochenta y siete y nadie lo volvió a abrir hasta el entierro. En el once vino el cerrajero de Tafalla a engrasarle el tetón, que con la humedad se agarraba, y tampoco lo apuntó nadie.
Águeda hizo la cuenta por dentro. Veintiocho años de una cerradura que no existe en ningún papel del ayuntamiento y que sí existe en una foto con andamio.
Sonó el teléfono fijo del pasillo, un timbre de los de campana. Rosalía se levantó apoyándose en la mesa y salió. Águeda la oyó decir «sí», la oyó decir «el lunes», la oyó decir «dile que no se la salte». Y mientras la oía, miró el doblez del mantel.
Debajo asomaba una esquina de hule gris, del hule con que se forraban las libretas en la papelería de Tafalla. Un cuaderno. En el canto, a bolígrafo y ya medio comida, una fila de números que no era una fecha.
Rosalía volvió, colgó y, sin sentarse, metió la mano bajo el mantel, sacó el cuaderno gris y lo dejó en el cajón de la camilla. Lo empujó con dos dedos hasta el fondo.
—Eso es mío —dijo.
—No te he preguntado.
—Te lo digo igual.
—Rosalía. —Águeda no se levantó—. Enséñame la puerta.
La enfermera se quedó mirándola. Después cogió la rebeca del respaldo.
—Trae el pan, que el café se te queda frío igual.
Bajaron las dos por la calle de la Fuente, pasaron la farmacia con el cierre echado y siguieron el camino del lavadero hasta el callejón que separa el corral de la casa parroquial de la pared trasera del consultorio. Es un pasillo de metro y medio, con hierba en el medio y las rodadas de un carro que ya no existe.
La puerta del botiquín está a la mitad: metálica, pintada de verde lama como las rejas y las persianas, sin número y sin buzón. Águeda había pasado por delante mil veces sin mirarla, igual que la había visto por dentro el jueves desde el pasillo. Lo que no había visto nunca era el escalón.
Se agachó. El sillar de la entrada, un palmo de piedra, estaba barrido. No fregado: barrido, con la hierba cortada a ras justo delante y las hojas del nogal amontonadas a un lado, no encima. En una casa cerrada hacía dos años y cuatro meses, con las palomas entrando por el tejado del corral, aquel escalón estaba barrido. Y en la boca del tetón, cuando le dio la luz de lado, no había telaraña.
—¿Y quién barre?
—El viento —dijo Rosalía.
—Rosalía.
—Águeda, tú te acuerdas de cómo era esto. —La enfermera se había puesto de cara a la pared y hablaba hacia la puerta, no hacia ella—. Los jueves venían treinta personas de siete pueblos. Braulio salía a las nueve y volvía a las nueve. Ahora hay que pedir la cita por una máquina que te pregunta el número de tarjeta.
—Eso ya me lo sé.
—Pues eso es todo lo que hay.
Volvieron cuesta arriba sin hablar. En el portal, Rosalía envolvió media docena de nueces en papel de estraza y se las metió a Águeda en el bolsillo del abrigo, como hacía con las madres jóvenes que salían del consultorio con un crío en brazos y cara de no haber dormido.
—El lunes te bajo yo la receta de Balbina —dijo.
—El lunes tengo pedido a las ocho.
—Pues a las ocho.
Águeda se guardó el lunes donde se guardan las cosas que hay que mirar de cerca.
Se agachó a apartar una maceta para que la hoja de la puerta no diera contra ella. Y al agacharse, Águeda vio lo que había detrás.
El recibidor tiene un tablero de corcho pequeño, de los de carnicería, con cuatro llaves colgadas de sus alcayatas. La del portal. La de la casa de Braulio, con una anilla roja. La de una finca, con un cordel. Y la cuarta, más corta, plana y dentada por los dos cantos, de las de cerradura de seguridad, con una etiqueta de cartulina amarilla atada con hilo de bramante.
Águeda la leyó desde donde estaba, sin dar un paso, con las gafas de cerca que también lleva colgadas del cuello.
Ponía BOTIQUÍN y, debajo, en la misma tinta azul del margen de la foto, 1998.