
En el siglo XVII, la nuez moscada valía casi lo que la plata. Solo crecía en un puñado de islas volcánicas de Indonesia, las Banda, y curaba (o eso se creía) desde la peste hasta el mal aliento. Quien controlara esas islas controlaba una fortuna.
Holanda las quería todas, pero una, la minúscula isla de Run, estaba en manos inglesas. Tras años de guerra por el comercio, los dos países firmaron en 1667 el Tratado de Breda y repartieron el mapa: Inglaterra cedía Run a los holandeses y, a cambio, se quedaba una colonia lejana y pantanosa al otro lado del Atlántico, Nueva Ámsterdam.
Esa colonia pasó a llamarse Nueva York. En su momento pareció que los holandeses habían ganado el mejor trozo del pastel: cambiaron una ciudad por una isla llena de árboles de especias. El tiempo lo puso todo del revés.