
Antes de que llegara el azúcar, el cacao era una bebida amarga. Mayas y mexicas molían los granos, los mezclaban con agua, chile, maíz o vainilla, y los vertían de una vasija a otra para levantar esa espuma densa que tanto apreciaban. Era un lujo ritual, no un capricho de sobremesa.
Y valía tanto que funcionaba como dinero. En los mercados del México prehispánico se pagaba en granos de cacao: unos pocos por un aguacate o un tomate, más por un guajolote. Había hasta falsificadores que rellenaban cáscaras vacías con barro para colarlas como moneda.
Fueron los europeos quienes le añadieron azúcar y lo convirtieron en el dulce que hoy conocemos. Así que el chocolate hizo un viaje curioso: de moneda amarga y sagrada a tableta de supermercado. Pocas cosas han cambiado tanto de oficio.