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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Un juguetero noruego enseñó a reanimar a 500 millones

En 1960, un fabricante de juguetes de plástico de Stavanger llamado Åsmund Lærdal sacó al mercado un torso de plástico blando con la boca abierta, una vía respiratoria por dentro y una cara de mujer joven con los ojos cerrados. Lo llamó Resusci Anne. Su empresa calcula que con sus muñecos de reanimación se ha formado desde entonces a más de quinientos millones de personas, y a esa cara se la llama la cara más besada del mundo.

En 1954, el hijo de Lærdal, Tore, de dos años, se estaba ahogando y su padre lo sacó del agua y le despejó la garganta con los dedos. Cuatro años después, el anestesista noruego Bjørn Lind y su colega austríaco Peter Safar, que trabajaba en Baltimore, andaban peleando por que los sanitarios dejaran de mover los brazos del accidentado —el método de Holger Nielsen, de 1932, que la Cruz Roja enseñaba desde 1951— y aprendieran a soplar aire dentro de un pulmón. A Safar le faltaba una cosa para enseñarlo: alguien a quien practicárselo sin matarlo. Lind conocía a Lærdal, que ya moldeaba muñecas de plástico y heridas de mentira para la Cruz Roja noruega, y le pidió un cuerpo.

Lærdal construyó el torso, el pulmón de goma y la mandíbula articulada. La decisión que lo hizo famoso fue la otra: qué cara ponerle. Eligió una de mujer, y en 1960 eso era un cálculo práctico, porque quien iba a hacer el curso era casi siempre un hombre y nadie quería que un bombero se negase a soplar en la boca de un muñeco con bigote.

La cara la tenía vista en casa. La modeló la escultora Emma Matthiasen a partir de la mascarilla conocida como «la desconocida del Sena», un rostro de yeso de mujer joven, con los párpados bajados y media sonrisa, que los talleres de París vendían desde finales del siglo XIX y que acabó colgado en salones de media Europa. Matthiasen le abrió la boca y le quitó la sonrisa, porque por ahí tenía que entrar el aire. En casa de la familia de su mujer había uno en la pared. Rilke la menciona en un libro de 1910; Camus la llamó «una Gioconda ahogada»; Nabokov le escribió un poema en ruso en 1934.

Lo que se cuenta de ella es que la sacaron del río en el París de la década de 1880 y que un empleado de la morgue, impresionado por su cara, mandó hacer el molde. De eso no hay papeles. No hay nombre, no hay fecha, no hay atestado y no hay un solo registro que diga quién era ni si llegó a estar en ese río. Hay médicos forenses que sostienen que un ahogado no tiene esa cara. Lo único comprobable es el yeso, el taller que lo vendía y lo que alguien decidió hacer con él sesenta años después.

Con el muñeco, el boca a boca se pudo enseñar en serie: en los años sesenta, a los bomberos, a los socorristas, a las enfermeras; luego a los institutos. En 1960, el mismo año que apareció Anne, un equipo del hospital Johns Hopkins publicó que apretando el pecho desde fuera se movía sangre suficiente para mantener vivo a alguien, y Lærdal tuvo que reforzar el tórax del muñeco para que aguantara las compresiones. Las dos mitades de lo que hoy llamamos reanimación cardiopulmonar se juntaron encima de ese torso.

El molde no ha cambiado. La cara que te encuentras hoy en el maletín de un curso de primeros auxilios, con la barbilla que hay que levantar y los labios de plástico, sale de la misma mascarilla que colgaba en la pared de un salón noruego y, antes, en el escaparate de un taller de yeseros de París.