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Por capítulos · Once colegios y un horno de 1931 · Del catálogo de Margen

Tránsito aguanta hasta el 28 y pide pan los lunes

Antes: una factura de febrero de 2024 destapó que Celso Larrauri quema recortes de palé en vez de haya. Le quedan ocho colegios.

Eulogio Satrústegui llegó a las seis, veinte minutos antes que ningún otro día, y amasó para los ocho colegios sin dar los buenos días. Eulogio Satrústegui, amasador, cincuenta y dos años, treinta y tres de ellos en esta casa, pesa la masa desde que tenía diecinueve y no había faltado a una hora de entrada en todo ese tiempo.

Celso Larrauri, maestro panadero y dueño del obrador, llevaba abajo desde las cinco y se puso a su lado a bolear. Seiscientas veinte barras y mil trescientos panecillos: con ocho colegios el amasijo cabe en dos artesas y sobra sitio en la tercera, que es la manera más corta de decir lo que ha pasado en dos semanas.

A las seis y veinte Eulogio habló sin levantar la vista del mármol.

—Me dijiste: firma lo que traiga el de Noáin, que yo estoy en el médico.

—Eso te dije.

—No me dijiste que lo que traía el de Noáin no era haya.

—No te lo dije.

—Pues eso es lo que yo le voy a contar a la inspectora el veintiocho si me pregunta, con esas palabras. —Eulogio cortó la masa con la rasqueta, una, dos, tres—. No porque te quiera hacer daño. Porque mi firma está en ese papel y yo tengo dos hijas.

—Lo vas a contar tú o lo voy a contar yo —dijo Celso.

—Eso lo dices ahora.

Siguieron boleando hasta las siete sin hablar más. A las siete y cuarto salió la furgoneta con las ocho entregas, y Celso hizo las ocho él solo, como todos los días desde que Izaskun se quedó con la parte de los papeles y él con la de la carretera.

Paulino Garisoain llegó a las nueve y media andando, con una carpeta de gomas debajo del brazo. Ochenta y un años, treinta y uno de hornero en este mismo horno, jubilado desde el noventa y nueve. No se quitó el abrigo.

—Te traigo el número.

Puso encima del mármol dos hojas grapadas, con membrete de Refractarios Ordoiz, de Berriozar, que es la casa que le vendió el material en el setenta y cuatro y que sigue abierta con el nieto.

—Lee tú, que yo sin las gafas no leo esas letras —dijo Celso.

—Levantar la fila uno entera, los seis ladrillos de la boca. Rehacer la junta con mortero refractario. Meter una cámara de inspección por los conductos y limpiar los dos tramos de debajo de la solera, que llevan dos años tragando lo que tragan. Y volver a sentar la fila. —Paulino bajó el dedo hasta la última línea—. Nueve mil cuatrocientos euros más el impuesto. Cinco días de obra.

—Cinco días.

—Cinco días con el horno frío de verdad. Para meterse a mirar basta una noche, ya lo viste el sábado, y para que agarre el mortero hay que bajar de cuarenta grados, pero eso baja solo mientras ellos levantan la fila y limpian los conductos, que es trabajo que no pide frío. O sea que el apagado te cuesta una noche, no dos días. —Paulino dio la vuelta a la hoja—. Hoy es diecinueve. Apagas el viernes veintidós en cuanto saques la última hornada, entran el sábado veintitrés, trabajan el domingo, que eso lo he preguntado y lo hacen aunque te cobren el fin de semana aparte, y salen el miércoles veintisiete. Lo enciendes el miércoles en cuanto salgan, y el jueves a primera hora te lo ven caliente y con pan dentro.

—¿Cuánto aparte?

—Eso ya no te lo he preguntado, porque primero quiero saber si tienes los nueve mil cuatrocientos.

Celso no contestó.

—La otra cuenta te la hago gratis —siguió Paulino—. El horno eléctrico de pisos que quiere tu hija son cuarenta y un mil, se monta en tres semanas y no estaría puesto para el veintiocho ni pagándolo hoy. Así que para esta inspección solo hay una puerta, y vale nueve mil cuatrocientos.

—Y la leña.

—Y la leña. Desde mañana, haya.

Eso se lo dijo ya en el patio, con la puerta cerrada detrás, que es como dice Paulino lo que no quiere que oiga la hija.

—Si pones la fila nueva y le sigues metiendo lo de siempre por debajo, en un año y medio estás igual, y entonces ya no habrá quien te firme nada. Son dos mil cuatrocientos euros al año más. Yo no sé de dónde los sacas, pero sé que los tienes que sacar.

Izaskun Larrauri subió a la oficina a las once y abrió la caja en la pantalla. Veintinueve años, administrativa del obrador, hija de Celso, lleva las cuentas de la casa desde los veinticuatro.

—Aita, sube.

Celso subió con el mandil puesto.

—Tres mil ciento cuarenta euros —dijo ella—. Eso es lo que hay hoy en la cuenta, y de ahí salen las nueve nóminas del día treinta, la harina del camión del lunes y el seguro del trimestre. Con lo que entra hasta fin de mes, nos quedan cuatrocientos.

—Paulino dice nueve mil cuatrocientos.

—Nueve mil cuatrocientos. —Izaskun giró la pantalla—. Y además hemos perdido el Sagrado Corazón, que eran ciento sesenta barras y trescientos panecillos diarios, o sea tres mil setecientos euros al mes que ya no entran. Pedir nueve mil cuatrocientos a un banco enseñándole una cuenta que acaba de perder tres mil setecientos al mes es pedirlo para que te digan que no.

—Pues se pide igual.

—Se pide el jueves, que es cuando está el de empresas en la oficina de Estella. Y se pide con los pedidos firmados delante, no con buenas intenciones.

—¿Qué pedidos firmados.

—Los que no tenemos.

El Opel blanco de Tránsito Chamorro entró en el patio a las doce y veinte, sin avisar, como siempre. Tránsito Chamorro, cincuenta y dos años, jefa de cocina del grupo Virgen del Puy, que son cuatro de los ocho colegios que le quedan a Celso y mil cuatrocientos cincuenta niños comiendo todos los días. Llevaba una carpeta de plástico azul y no la soltó en toda la conversación.

—Vengo del consejo de ayer —dijo—. Duró cuatro horas y lo tuyo fueron once minutos.

—Once minutos.

—Once. Y te digo lo que pasó en los once, porque te lo has ganado. —Tránsito puso la carpeta en el mármol—. Leí en voz alta el compromiso que me mandaste ayer a las doce y seis. Fila uno de la solera, junta de la boca, antes del veintiocho, firmado por ti. Cuatro líneas. El director financiero preguntó si había un informe técnico detrás y le dije que no, que había un panadero que escribe lo que va a hacer y después lo hace, y que llevo nueve años comprándole así.

—¿Y?

—Y había un sobre encima de la mesa antes de que yo entrara. De Panificadora Duero. Oferta a doce meses para los cuatro centros con un seis por ciento de descuento sobre lo que te pago a ti.

Celso se limpió las manos en el mandil, aunque las tenía secas.

—Un seis por ciento son unos tres mil euros al año para ellos —dijo Izaskun desde la escalera.

—Tres mil ciento sesenta —dijo Tránsito, sin mirarla—. Yo también sé multiplicar. Lo que no sabe hacer Duero es traerme el pan antes de las ocho a cuatro cocinas que están en cuatro pueblos distintos, porque reparten desde Berriozar con una ruta de dieciocho paradas y yo sería la quince. Eso lo dije y lo hice constar en el acta.

Sacó de la carpeta azul la hoja de pedido del grupo, la de todo el año, con las casillas de los días impresas.

—Seguimos contigo hasta el veintiocho. Eso ya está votado y no me lo pueden tumbar. —Destapó el bolígrafo—. Y ahora lo que no te dije el sábado, que es lo que te traigo hoy.

—Dime.

—Los lunes. Desde que yo llevo este grupo, los lunes mis cuatro comedores dan pan de molde industrial, porque mi antecesora cerró así el contrato y nadie lo ha tocado. Son mil cuatrocientos cincuenta niños comiendo pan de bolsa un día de cada cinco. Llevo tres años queriendo cambiarlo y no tenía con quién, porque el único que me sirve antes de las ocho eres tú.

—Yo los lunes amaso igual.

—Ya sé que amasas igual. Lo que no tienes es a quién vendérselo.

Y por primera vez en nueve años le habló de usted.

Tránsito Chamorro tachó «martes a viernes» en la casilla de los días, escribió encima, en mayúsculas, LUNES A VIERNES, firmó debajo y puso la fecha: diecinueve de marzo. Doscientas noventa barras más a la semana, a partir del uno de abril. Arrancó la copia amarilla y la dejó encima del mármol, al lado de las dos barras de canto del martes cinco, que seguían allí.

—Esto no lo firmo contra el papel del veintinueve —dijo—. Esto lo firmo contra usted, y si el veintinueve no hay papel me quedo con la firma en la mano y con cara de tonta delante de mi consejo. Lléveselo al banco el jueves, que para eso se lo doy hoy y no el uno.

Celso cogió la copia amarilla con las dos manos.

—Hay tres días que no voy a poder servirle. El veinticinco, el veintiséis y el veintisiete, que es la semana de la obra.

—¿Y esos tres días qué comen mis críos?

—El horno pequeño, el eléctrico de los panecillos, y pan del día anterior. Da para la mitad.

—Entonces apúntelo también en el papel que le lleve al banco, con las fechas. —Tránsito no movió la cara—. Yo eso lo firmo una vez, Celso, y lo firmo hoy. El veintiocho no.

—¿Cómo sabe usted que voy al banco el jueves?

—Porque el de empresas está en Estella los jueves y eso lo sabe el pueblo entero. Y porque Paulino Garisoain pidió ayer un presupuesto a Refractarios Ordoiz, y Ordoiz es de mi cuñado. —Tránsito cerró la carpeta azul—. Nueve mil cuatrocientos más impuesto, Celso. Y usted no los tiene, porque si los tuviera esa fila ya estaría levantada. ¿Quién se los pone?