
En la puerta del colegio, en octubre, alguien dice siempre la misma frase: abrígate, que te vas a resfriar. Y su hermana mayor, la que se dice en los portales de toda España: no salgas con el pelo mojado. Las dos son mentira, y se sabe que lo son desde hace sesenta y ocho años.
Un adulto pasa dos o tres catarros al año y un niño de guardería, seis u ocho. Los produce un virus —más de doscientos distintos pueden hacerlo, y el más frecuente es el rinovirus, que viaja en las gotas que sueltas al hablar y en lo que dejas en los pomos de las puertas—, y los síntomas que te amargan la semana no los hace el virus: los haces tú. El moco, el picor, la nariz tapada y el dolor de cabeza son tu propia respuesta inmunitaria trabajando. Por eso un catarro dura lo que dura te tomes lo que te tomes, y por eso puedes estar empapado a cinco grados toda la tarde sin coger nada, si no hay virus delante.
2015. Ellen Foxman y su equipo de la Universidad de Yale publican en PNAS, la revista de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, un experimento con células de vía respiratoria de ratón. El rinovirus se multiplica mejor a 33 grados que a 37, y no porque el virus prefiera el frío: es que la defensa inmunitaria de esas células es más perezosa cuando están frescas. El dato que importa aquí es que 33 grados es, más o menos, la temperatura del interior de tu nariz cuando respiras aire de invierno. El titular que salió en medio mundo fue «la ciencia confirma que el frío resfría». El artículo dice otra cosa: que si el virus ya está dentro de tu nariz, una nariz fría se lo pone algo más fácil. Sigue haciendo falta el virus, y la bufanda no tapa el virus.
2005. El experimento que todo el mundo cita mal lo firman Claire Johnson y Ron Eccles en el Centro del Resfriado Común de la Universidad de Cardiff. Ciento ochenta voluntarios. A noventa les meten los pies en un barreño con agua a diez grados durante veinte minutos; los otros noventa se quedan sentados con los zapatos puestos. Cuatro o cinco días después, trece del barreño declaran síntomas de catarro, frente a cinco de los otros. Parece la prueba definitiva de las abuelas. Los propios autores explican que no lo es: enfriarse cierra los vasos de la nariz, baja el riego, y una infección que ya tenías sin enterarte aprovecha para dar la cara. Nadie cogió nada del agua. El agua no llevaba nada.
1968. R. G. Douglas, Keith Lindgren y Robert Couch publican en el New England Journal of Medicine, la revista médica de referencia en Estados Unidos, un trabajo cuyo título, traducido, ya es el resultado: exposición a un ambiente frío y resfriado por rinovirus, fracaso en demostrar un efecto. Infectaron a voluntarios, los repartieron entre un ambiente normal y uno frío y contaron. Enfermaron cuatro de los nueve del frío y dos de los siete del calor, una diferencia demasiado pequeña para significar nada.
1958. Harry Dowling, George Jackson y dos colegas de la Universidad de Illinois reclutan voluntarios, les meten el virus del resfriado por la nariz y después los enfrían a conciencia: de dos a cuatro horas metidos en cámaras frías, con temperaturas que van de doce grados bajo cero a quince sobre cero. Enfrente, un grupo igual al que mantienen caliente. El porcentaje de los que se resfrían es el mismo, y la gravedad también. Está publicado en el American Journal of Hygiene desde aquel año.
1946. Doce años antes, el Consejo de Investigación Médica británico había abierto en Salisbury, en un antiguo hospital militar prefabricado, la Unidad del Resfriado Común. Funcionó cuarenta y tres años, hasta 1989, y pasaron por allí unos veinte mil voluntarios. El trato era célebre en Gran Bretaña: diez días en el campo con los gastos pagados, en pisitos de dos, con comida, libros y una radio, a cambio de dejar que te metieran por la nariz unas gotas que podían llevar virus o no llevar nada. Prohibido acercarse a menos de nueve metros de nadie que no fuera tu compañero de piso. Allí se probó la versión inglesa de la creencia, y con el pelo incluido: voluntarios que salían del baño y se quedaban media hora de pie, chorreando y en calcetines mojados, en un pasillo con corriente. No se resfriaron más que los demás. La unidad probó también corrientes de aire, ropa interior húmeda, dormir con la ventana abierta y temporadas enteras de voluntarios a los que no se les daba ningún virus para ver cuántos se resfriaban solos: casi ninguno. En cuarenta y tres años publicó más de mil trabajos y nunca dio con la cura, que era lo que buscaba. Lo que sí encontró, en 1960, fue el rinovirus.
1773. Ciento ochenta y cinco años antes del laboratorio de Illinois, Benjamin Franklin le escribió una carta a Benjamin Rush, médico de Filadelfia. Dudaba de que la ropa mojada resfriara a nadie, le parecía que las causas de los catarros eran del todo independientes de la humedad y hasta del frío, y sostenía que la gente se contagia unos a otros encerrada en habitaciones mal ventiladas. No tenía microscopio ni sabía lo que era un virus. Lo había deducido mirando quién se ponía malo y dónde. Y actuaba en consecuencia a su manera: se levantaba temprano y se sentaba desnudo en su cuarto media hora o una hora, según la estación, leyendo o escribiendo. Lo llamaba su baño de aire y decía que nunca le había hecho ningún daño.
La creencia deja además una huella que se ve sin laboratorio, porque está metida en el idioma. En español la enfermedad se llama resfriado y también constipado; en inglés, cold; en francés, refroidissement; en alemán, Erkältung, que es literalmente enfriamiento. Media Europa le puso al catarro el nombre de la causa equivocada, y se lo puso siglos antes de que nadie supiera que los virus existían. Cuesta discutirle a un idioma entero.
Los catarros llegan de verdad en invierno, y por eso la frase no se muere nunca. Lo que pasa es que la causa está dentro de las casas: en invierno metemos a mucha gente junta en sitios cerrados con las ventanas selladas y la calefacción puesta, que es exactamente el habitáculo que un virus respiratorio necesita, y el aire seco reseca la mucosa, la alfombra pegajosa con la que la nariz atrapa lo que entra. En el hemisferio sur la temporada cae en julio, y en los trópicos sube con la estación de lluvias, cuando la gente se mete bajo techo.
Así que este invierno, cuando el niño salga del colegio con el pelo mojado, sécale la cabeza si quieres, pero haz después las tres cosas que cambian el número: lávate las manos al entrar en casa, deja de compartir el vaso y abre la ventana del salón cinco minutos cada dos horas.