
La procrastinación no es un problema de pereza ni de gestión del tiempo: la investigación la describe como un problema de regulación emocional. Evitamos la tarea para evitar el malestar que nos produce, y el alivio inmediato refuerza la huida.
Por eso funciona una idea tan simple como la técnica Pomodoro, que Francesco Cirillo inventó siendo estudiante a finales de los ochenta con un temporizador de cocina con forma de tomate: veinticinco minutos de foco en una sola cosa, cinco de descanso, y una pausa larga cada cuatro tandas.
El truco no es el tomate, es el contrato: no te comprometes a terminar nada, solo a estar ahí veinticinco minutos. Un malestar con final a la vista se vuelve soportable. Y casi siempre descubres que lo peor era el minuto antes de empezar.
Fuente: Sirois y Pychyl, Social and Personality Psychology Compass (2013)