
—Toma cuarenta y uno, Fito. Cuando quieras. —Ainara, son las nueve y veinte. ¿Qué le pasaba a la cuarenta? —Nada. Estaba bien. —Llevo veintidós años doblando y nadie me ha pedido nunca cuarenta y una tomas de una frase de dos palabras. Dime la nota del cliente y te la doy hecha. —No hay nota. Está en el pliego técnico, punto cuatro: cuarenta y una tomas de la misma línea, mismo actor, misma cabina, mismo día. —Eso no es una indicación de doblaje. —No lo es. La plataforma está entrenando una voz sintética con la tuya. Cuarenta tomas para que el modelo aprenda el rango de tu «estoy bien», y la cuarenta y una, grabada al final, para medir si ya te alcanza. —¿Y me lo dices en la cuarenta y uno? —Soy la técnica de sonido, Fito, no la que firma el contrato. Llevo en la mesa desde las seis y me he pasado cuarenta tomas decidiendo si te lo contaba. —Puedo hacerla mal. —Puedes. Y el modelo aprende a hacerla mal, que es como sigue aprendiendo. Escúchame una cosa antes: la cuarenta era la mejor de las cuarenta. Todavía no llega. Por eso necesitan una más. —Dale al rojo. —Rojo. Toma cuarenta y uno. —«Estoy bien».