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Por capítulos · Las 36 horas de agua · Del catálogo de Margen

Quedan 36 horas de agua y 14 parcelas que riegan

Felisa Arcediano abrió la caseta de llaves a las seis y diez de la mañana con el parte de la Confederación en la mano: quedaban 36 horas de agua en el lateral 7 y el canal cerraba el día 11. Catorce parcelas riegan de ese lateral. Ella llevaba cuatro meses de acequiera, el oficio de abrir y cerrar los turnos de riego, y era la primera vez que los números no daban.

Los había sumado tres veces en la mesa de la cocina, con el cuaderno de turnos abierto y un lápiz de carpintero. La parcela 1 pedía dos horas. La 3, de Chelo Bardají, doce hectáreas de girasol, pedía nueve. La 9 de Olimpio Sanz pedía cinco. La 12 de Nazario Elorrio pedía seis, las mismas seis de todos los años. La 14 no pedía nada, porque la 14 es la Cerrada y hace veintiocho años que nadie firma por ella.

Cincuenta y dos horas pedidas. Treinta y seis en el canal.

La caseta de llaves huele a hierro y a saco mojado. Dentro hay una pared de llaves numeradas, una por compuerta, y el cuaderno de hule negro donde su tío apuntó durante treinta y un años la hora de apertura, la hora de cierre y la inicial de quien regaba. Felisa cogió la llave del 7 y salió al camino. A esa hora el páramo estaba del color de la ceniza y se oía el agua antes de verla.

Donato Rebolledo la esperaba en el kilómetro cuatro, apoyado en la moto. Donato es el guarda del canal, el hombre que la Confederación paga para que nadie toque lo que es suyo, y lleva cincuenta y ocho años mirando esta agua, treinta de ellos cobrando por mirarla.

—Vienes temprano para ser martes —dijo.

—Vengo a ver el aforo.

El aforo es una regla de hierro clavada en el muro del canal, con los números pintados en blanco, que dice cuánta agua pasa por ahí. Donato se apartó para dejarla mirar y no dijo nada mientras ella apuntaba la cifra en el cuaderno. Luego sí dijo algo.

—Ese hierro lleva torcido desde la crecida.

—Torcido cuánto.

—Torcido —dijo Donato—. No llevo yo las cuentas de vuestro turno.

Felisa apuntó también eso, con la fecha, porque su tío le había dejado dicho una sola cosa antes de retirarse: que en este oficio lo que no está escrito no ha pasado, y que al que reparte agua lo juzgan dos veces, una el año del reparto y otra diez años después.

Volvió por el camino de abajo, que pasa por la linde de la Cerrada. La parcela 14 son dos mil metros de huerto viejo con cuatro higueras y una morera, cerrado con alambre desde que se fue el dueño. Estaba verde. Siempre está verde, también en agosto, y en el pueblo eso se cuenta igual que se cuenta que en la fuente nunca ha faltado agua: como una cosa que ya estaba aquí antes que nosotros. Felisa pasó de largo. Llevaba dieciséis horas que no existían y una asamblea a las nueve.

A las nueve se abrió la asamblea en el salón de la comunidad de regantes, que es el bajo del antiguo baile, con doce sillas de plástico y una estufa apagada. Vinieron nueve de los catorce. Pura Mazuelas, presidenta de la comunidad desde 2011, setenta y un años y la voz más baja de la sala, se sentó en la mesa de los papeles y la dejó hablar a ella.

Felisa leyó las horas pedidas una por una, en voz alta, parcela por parcela, y al final leyó el total. Cincuenta y dos. Después leyó lo que había en el canal. Treinta y seis. Entre una cifra y otra hubo el ruido de una silla.

—Eso son dieciséis horas que no existen —dijo Olimpio Sanz, tractorista, el que riega la 9 y el que siempre habla primero.

—Dieciséis.

—Pues réstaselas a quien se las tengas que restar, pero el día 3 yo riego, que lo tengo pedido desde marzo.

—El día 3 riegas si te toca —dijo Felisa.

Nazario Elorrio, que tiene la 12 y sesenta y tres años, no se levantó de la silla para hablar. Habló desde el fondo, con las manos en el bastón.

—Mis seis horas las tengo desde antes de que tú nacieras.

—Lo sé. Están apuntadas.

—Entonces no hay nada que repartir.

Chelo Bardají pidió la palabra levantando dos dedos. Chelo es la veterinaria del pueblo y riega la parcela 3; el girasol de esas doce hectáreas es lo único que cobra que no sea su sueldo.

—Si yo no riego antes del día 8, lo pierdo entero. No pierdo cosecha: pierdo la siembra y lo que debo del abono.

—Lo sé también.

—¿Y qué vas a hacer?

Felisa dejó el cuaderno abierto sobre la mesa, de cara a la sala, para que lo vieran desde las sillas. En la página de la izquierda estaban las horas pedidas, con el nombre de cada uno al lado. En la de la derecha, en blanco, estaba el reparto.

—Lo primero es saber cuánta agua hay —dijo—. El aforo del cuatro está torcido desde la crecida y las 36 horas del parte son las del hierro, no las del canal. Hasta mañana a mediodía no firmo ningún turno.

—¿Nos vas a dejar sin regar por una regla doblada? —dijo Olimpio.

—Os voy a dejar sin regar por el agua que no hay. La regla solo me dice cuánta es.

Pura Mazuelas se levantó entonces, cogió el cuaderno y lo cerró con las dos manos, sin brusquedad, como se cierra un libro de misa. Lo dejó delante de Felisa.

—Mañana a mediodía, entonces —dijo—. Y escucha una cosa, que lo digo delante de todos para que no se me olvide a mí tampoco: aquí nadie te va a echar la culpa del agua que no viene. Te la van a echar del reparto. Así que no me vuelvas con cuentas del hierro.

Se puso el abrigo y, antes de llegar a la puerta, se giró.

—Entonces dime quién se queda sin regar.