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Idea · Del catálogo de Margen

El 45 % del calor por la cabeza salía de un traje ártico

El manual de supervivencia del ejército de Estados Unidos, el Field Manual 21-76, lleva repitiendo desde 1970 que conviene taparse la cabeza porque por ahí se escapa entre el 40 y el 45 % del calor del cuerpo. El número salió de unos ensayos árticos del propio ejército, en los años cincuenta, y ahí el montaje importa más que el resultado: a los voluntarios se les metía en un traje de supervivencia de los que cierran por los puños y por el cuello, y se les sacaba al frío con una sola parte del cuerpo al aire, la cabeza. Después se medía por dónde se les iba el calor. Se les iba por la cabeza, claro. Era la única salida que les habían dejado abierta.

De ahí en adelante la cifra viajó sola. Saltó del manual a los reportajes de invierno, de los reportajes a la sabiduría doméstica y de ahí al mostrador de las tiendas de deporte, y por el camino nadie volvió a preguntar por el traje.

Quita el traje y el número se desploma. Con aquellos mismos voluntarios en bañador, la cabeza habría dado cuenta de en torno al 10 % de la pérdida, que es más o menos lo que le toca por tamaño: la cabeza de un adulto ronda esa fracción de la superficie de la piel. Aquel 45 % era la medida del hueco que el traje dejaba abierto.

Rachel Vreeman y Aaron Carroll, dos médicos investigadores estadounidenses, pusieron esto por escrito en 2008 en el BMJ, revista médica británica, dentro de un repaso a los bulos de invierno titulado Festive medical myths. Su corrección devolvía la frase a su tamaño: cualquier zona descubierta se lleva la mayor parte de la pérdida cuando todo lo demás está bien tapado. Con el cuerpo abrigado y la cabeza al aire, en efecto puede irse por ahí una fracción altísima. Eso describe tu ropa, no tu cabeza.

Mientras tanto el 45 % sigue haciendo su trabajo, y no es inofensivo. Quien se lo cree compra un gorro caro y sale con la cazadora abierta, convencido de haber tapado la mitad del problema; o abriga a un niño de arriba abajo menos las manos y da la cabeza por resuelta. El bulo coloca el gorro en el sitio equivocado del razonamiento.

Queda la parte que el bulo acierta por accidente, y merece la pena entenderla porque es la única que sirve para algo. La cabeza suele ser justo lo que la gente deja sin tapar cuando sale a la calle. La cara, además, está llena de receptores de frío, de modo que la sensación llega antes y más fuerte que en un muslo igual de expuesto. Y cuando pasas frío el cuerpo cierra el riego de manos y pies mucho antes que el del cuero cabelludo, así que la cabeza sigue llegando caliente a la superficie y sigue entregando ese calor al aire. El gorro funciona. Funciona por la piel que tapa.

De todo esto sale una instrucción, y cabe en cuatro pasos que se hacen de pie, en el recibidor, antes de abrir la puerta.

Primero, cuenta la piel que llevas al aire de verdad. Cuenta la cabeza si vas sin gorro, el cuello si el abrigo no cierra arriba, las muñecas que asoman entre la manga y el guante, los tobillos entre el pantalón y el zapato, y la cara, que va a ir descubierta de todos modos. No cuenta como tapado lo que llevas puesto pero abierto.

Segundo, empieza por el trozo más grande de esa lista. Si vas con abrigo cerrado, pantalón grueso y botas, ese trozo será la cabeza y el cuello, y el gorro rendirá muchísimo, exactamente como en el ensayo. Si vas con la cazadora abierta, el trozo más grande es el pecho y no hay gorro que lo arregle: sube la cremallera antes de buscar nada.

Tercero, corrige por viento. El aire en movimiento arranca la capa templada que tienes pegada a la piel y atraviesa los tejidos porosos, así que en una mañana con viento una capa exterior que corte el aire vale más que otro jersey debajo. Y revisa las aberturas —puños, cuello, cintura—, porque por ahí se escapa el aire caliente que ya habías fabricado.

Cuarto, corrige por agua. Una prenda mojada por lluvia o por sudor conduce el calor mucho mejor que la misma prenda seca, aunque sea igual de gruesa; si vas a andar deprisa, sal con una capa menos de las que te pide el cuerpo en el portal y ciérrala cuando pares.

La próxima vez que alguien te suelte el 45 %, pídele el dato que falta y pregúntale cómo iban vestidos aquellos voluntarios.