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Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen

Una de las once cajas lleva las iniciales de Elsa

Antes: Elsa aprendió que las iniciales grabadas en las cajas son las de los dueños de los huertos que Ovidio mandó quemar en el 94.

Quedan cuarenta y cuatro colmenas por revisar. Elsa Trigo, apicultora de la comarca, ha aprendido a abrir las tapas sin espantar el enjambre y a distinguir por el peso qué hay dentro: cera con miel, cera sin miel, o madera seca de una de las cajas de Ovidio.

Las once cajas están ahora sobre una manta a la sombra del cobertizo. Las repasa una a una con el cuaderno abierto: número grabado en la tapa, iniciales grabadas a fuego en el canto, procedencia del huerto según la lista de Amaro. Va tachando. A. M. G. 3, Antón Mesa Gallego, huerto tres, ciruelo verdal. J. L. C. 6, Julio Losa Correa, huerto seis, manzano reineta. R. F. B. 11, Rosalía Fabá Barrio, huerto once, cerezo picota.

Rosalía no le dijo nada de que también había perdido un huerto. Ni Amaro. Elsa aparta esa observación para más tarde y sigue tachando.

La séptima caja pesa como las otras. Cuando la vuelve para leer el canto, el nombre pintado con lechada se ha corrido, pero lo grabado a fuego debajo aguanta: dos letras y cuatro cifras. E. T. 1990.

Elsa mira la marca durante un minuto entero. Después mira su reloj. Deja la caja sobre la manta con las dos manos, como se deja algo que se puede romper, y sale del cobertizo por la puerta del patio.

Llama a Amaro Cid, veterinario de la comarca, desde el corral. Le dice el número y las letras y la fecha. Espera. Amaro tarda menos de un minuto en decirle que va para allá y cuelga.

Cuando llega, no se acerca a la caja. Se queda dentro del cobertizo mirando la puerta abierta como quien mide un umbral. Es Elsa la que trae la caja y la deja sobre la manta a sus pies.

—Léela —dice ella.

—E. T. Mil novecientos noventa —dice Amaro sin bajarse a mirarla.

—Yo nací en el noventa. En agosto.

—Sí.

Amaro se sienta en el escalón del cobertizo. Tarda en hablar.

—Tu tío las grabó él mismo. Yo llevaba las herramientas al chamizo del cementerio los sábados a mediodía. Él subía por el sendero con la lista y hacía la letra sobre el hierro. No me dejaba mirar.

—Pero yo no tenía huerto.

—No lo tenías tú. Lo tenía tu padre.

Elsa se sienta también. Cuenta hacia atrás. En el noventa su padre, Julián Trigo, fruticultor, trabajaba la parcela alta que le había cedido su abuelo para hacer un injerto de peral. Todo el pueblo hablaba del peral raro, el que aguantaba las heladas.

—Mi padre no plantó ningún huerto. Solo tenía el peral del abuelo. Un árbol.

—Un árbol basta.

Ovidio tenía la costumbre de ser preciso. Un árbol dado de alta en la lista es un huerto a efectos del expediente. La comarca no distingue: quema el fuego bacteriano allí donde lo encuentra, y donde lo encuentra apunta al dueño. Y el dueño era Julián Trigo, que en aquel entonces vivía con su hija de tres meses en la misma casa de Sorbeda que hoy es de Elsa.

—Julián sabía —dice Amaro.

—¿Qué sabía?

—Que Ovidio guardaba la semilla. No sé si él la trajo, o si Ovidio la fue a buscar. Pero sabía.

Elsa piensa en la fecha exacta del expediente que nunca vio y en un huerto que era un solo árbol. Un huerto de una hija recién nacida, con el nombre del abuelo aún vivo grabado en la ficha del vivero. La firma de Ovidio pesa distinto ahora. Y la de su padre, escrita al mismo pie y bajo la misma quema, también.

Elsa mira la caja otra vez. La tapa está firme. La cera del precinto ya está rota desde el mediodía, cuando abrió la primera. Adentro se ve la etiqueta escrita a lápiz por Ovidio: Peral del huerto siete, variedad Trigo. Fecha: agosto de 1990.

Quedan cuarenta y cuatro colmenas y quince días para el camión. Elsa cierra el cuaderno. La caja siete no vuelve a la pila con las demás. La lleva a la casa, la pone en el aparador del comedor, y cierra la puerta con llave.