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Por capítulos · Las 96 colmenas de Sorbeda · Del catálogo de Margen

Cada caja lleva grabadas las iniciales de alguien

Antes: Elsa Trigo, apicultora, heredó 96 colmenas con once cajas de semillas dentro. El camión sube las colmenas a la sierra el día 30.

Quedan cincuenta y dos colmenas por revisar y Amaro Cid, veterinario de la comarca, ha subido al colmenar a las ocho de la mañana con el maletín y un taco de guías en blanco. No ha avisado. Deja el coche cruzado en la pista y sube la cuesta sin quitarse la corbata.

—Rosalía me ha dicho que quieres bajar once del camión —dice.

—Quiero bajar lo que hay dentro de once.

—No es lo mismo.

—Ya sé que no es lo mismo. Por eso te he llamado.

Amaro pide ver una. Elsa lo lleva a la fila de arriba, a la que tiene un doce pintado a brocha, y levanta la tapa. Debajo del alza no hay cuadros: hay una caja de madera de cuarenta centímetros, con las juntas selladas de cera y un número romano hecho a punzón. Las abejas trabajan arriba, en el alza, y de ahí para abajo el cajón está ocupado por algo que no es una colmena.

El veterinario se pone las gafas, se agacha y mira un rato largo sin tocar nada.

—Esto no es ganado —dice al fin.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que no va en la guía. —Se levanta y se sacude las rodillas—. La guía de traslado ampara colmenas, no lo que la gente meta dentro. Yo firmé noventa y seis colmenas porque hay noventa y seis colmenas. Si hoy abres y sacas once cajones de madera, sigue habiendo noventa y seis colmenas, y mi firma sigue valiendo. Nadie pesa un camión de abejas.

Elsa tarda en contestar. Lleva cuatro días haciendo cuentas con el día 30 y con octubre, y resulta que la respuesta cabe en dos frases dichas por un hombre con prisa.

—¿Entonces puedo bajarlas hoy?

—Hoy, mañana o el 29. Son tuyas. —Amaro señala la pila de cuadros nuevos que ella misma compró en junio, apoyada contra el cobertizo—. Pero no las subas vacías, que se te mueren. Sacas la caja, metes cuadros con cera estampada y les das dos semanas para estirar antes del viaje. Eso lo sabes hacer mejor que yo.

Tardan hasta la una. Bajan las cajas de dos en dos en el remolque del quad, once viajes cortos por la pista de arriba, y las alinean a la sombra del cobertizo encima de una manta de cuadra. Pesan poco. Suenan a grano cuando se mueven. Once cajas de pino, todas del mismo alto, todas con la misma cera parda en las juntas. Elsa levanta una y la agita despacio junto al oído: dentro rueda algo pequeño y seco, y no rueda suelto, va en bolsas.

Amaro no se va. No dice que se queda: se queda, con la corbata en el bolsillo, sujetando el ahumador mientras ella cierra las once colmenas con los cuadros nuevos.

—¿Tú le llevabas los papeles a mi tío? —le pregunta ella cuando ya están las once abajo.

—Yo le firmaba las guías desde el noventa y seis. Una al año, en agosto, para subir al puerto. —Amaro deja el ahumador en el suelo—. Noventa y seis colmenas todos los años, Elsa. El mismo número desde que yo firmo. Ni una más ni una menos.

—El lunes preguntaste por mí en la puerta del consultorio.

—Pregunté si habías subido ya al colmenar.

—¿Por qué?

—Porque tu tío llevaba cuatro años sin dejar subir a nadie —dice Amaro— y me pareció raro que muriera en marzo y no apareciese nadie hasta julio.

—Yo no sabía que tenía un tío hasta que me llamó el notario.

—Ya. Eso también me pareció raro.

A las cuatro, con las once en fila y el sol dado la vuelta, Elsa se sienta en el suelo a mirarlas de una en una. La cera de las juntas está intacta en todas. Los números romanos van del I al XI, puestos en el centro de la tapa con dos golpes de punzón, y ninguno se repite.

Es al levantar la tercera para meterla en la sombra cuando le nota el relieve en las yemas. Le da la vuelta. En el fondo de la caja, quemadas a hierro, hay tres letras separadas por puntos y un número:

M. C. B. 14.

Deja esa y coge la siguiente. También. Y la siguiente. Las once tienen lo mismo debajo: dos o tres letras y una cifra de uno o dos dígitos. H. D. L. 22. A. R. 31. V. N. 8. Nunca más de tres letras. Nunca la misma cifra dos veces.

—¿Esto lo habías visto?

—No.

—Amaro.

—No.

Elsa entra en la casa y vuelve con la carpeta del archivo agrario, la del jueves por la mañana: seis folios escritos a mano por ella, porque allí no dejan fotocopiar. En el segundo folio copió entera la lista que iba grapada a la orden de quema de 1994. Ochenta y una líneas, una por finca. No las copió por gusto: las copió porque no sabía todavía qué estaba buscando.

Cada línea lleva número de parcela, polígono, especie y titular.

Busca el catorce con el dedo.

Parcela 14, polígono 3, perales, ocho fanegas. Titular: Melchor Cabo Braña.

M. C. B.