Curiosidad · Del catálogo de Margen
Currey taló en 1964 el árbol más viejo conocido

En el verano de 1964, Wheeler Peak, una montaña de Nevada, recibió a Donald Rusk Currey, geógrafo doctorando de la Universidad de Carolina del Norte, con una pregunta sobre el clima antiguo. Currey pidió y obtuvo del Servicio Forestal de Estados Unidos permiso para talar un pino longevo registrado como WPN-114, código de su muestra en el condado de White Pine. Al contar sus anillos descubrió que había cortado el árbol no clonal más viejo conocido.
Currey no buscaba un récord. Estudiaba las morrenas, acumulaciones de roca dejadas por los glaciares, alrededor de Wheeler Peak. Quería ordenar la cronología de antiguas expansiones glaciares y reconstruir periodos fríos, entre ellos la Pequeña Edad de Hielo, una etapa de enfriamiento de varios siglos. Para fechar aquellos movimientos necesitaba calendarios naturales capaces de retroceder mucho más que cualquier archivo escrito de la región. Los pinos longevos, árboles de la especie Pinus longaeva, conservaban ese calendario en la madera.
A más de 3.000 metros, la ladera no ofrecía el bosque alto que sugiere una edad de casi cinco milenios. El viento peinaba piedra clara y troncos dispersos; WPN-114 era bajo, retorcido, con sectores desnudos, madera blanqueada y una tira de corteza viva que todavía alimentaba unas pocas ramas. En un año amable añadía una franja estrecha; durante una temporada extrema podía no dejarla en todo el contorno. Currey intentaba leerlo con una barrena incremental, una broca hueca que extrae un cilindro fino sin derribar el ejemplar, pero un tronco erosionado y dividido en vetas vivas no entrega siempre una secuencia continua. La escena segura comienza después de las conjeturas sobre esa herramienta: Currey solicitó autorización para cortar y la obtuvo. En el verano de 1964 una cuadrilla subió con una motosierra, apoyó el trabajo sobre aquella pendiente áspera y atravesó la madera torcida. Luego separó el tronco en secciones que varios hombres cargaron monte abajo. En el laboratorio, Currey alisó las superficies, siguió líneas apretadas bajo una lupa y pasó meses contando hacia un centro incompleto.
Durante décadas se repitió que la barrena de Currey había quedado atrapada y que talaron el árbol para recuperarla. Esa explicación está discutida. Otros relatos dicen que la herramienta era demasiado corta, que los testigos obtenidos no llegaban al centro o que hacía falta una sección completa para resolver la edad. Los documentos disponibles no permiten escoger una de esas escenas. Sí fijan la decisión administrativa: el investigador pidió permiso y el Servicio Forestal se lo concedió.
El terreno aún no pertenecía a un parque nacional. La zona estaba bajo administración forestal y cortar ejemplares para dendrocronología, la datación mediante anillos de crecimiento, formaba parte de prácticas científicas aceptadas entonces. Nadie tenía todavía el número que convertía aquel pino en una excepción mundial. Su porte castigado permitía sospechar una edad enorme, pero los pinos longevos engañan al ojo: sobreviven perdiendo corteza, dejando morir partes del tronco y manteniendo una conexión mínima entre raíces y ramas.
La cuadrilla dejó un tocón en la arboleda y bajó discos de madera destinados al estudio. Cada sección mostraba un dibujo lejos de la circunferencia limpia de un árbol escolar. Había curvas que se comprimían, líneas que desaparecían en una cicatriz y zonas devoradas por siglos de erosión. Currey tenía que reconocer dónde continuaba cada temporada, marcarla y evitar contar dos veces una línea que se bifurcaba. El récord mundial llegó a través de ese trabajo manual, una raya detrás de otra, no en el instante de encender la sierra.
Los montañeros de la zona llamaban Prometheus al árbol, por Prometeo, el personaje griego asociado al fuego entregado a los humanos. Currey usó en su investigación el código WPN-114. La etiqueta identificaba una muestra concreta dentro de una serie y no daba por conocida una edad que todavía debía probarse. El nombre mítico se volvió célebre después, cuando los discos ya estaban fuera de la montaña y la cuenta empezó a acercarse a cinco mil.
Currey publicó el resultado en 1965 en Ecology, una revista científica de ecología. Informó de 4.844 anillos visibles. La cifra ya superaba las edades establecidas para los ejemplares no clonales conocidos, pero tampoco equivalía a la edad completa. La sección no procedía del nacimiento exacto del tronco y parte del centro se había perdido por la erosión. Currey estimó que el pino había germinado unos 4.900 años antes de la tala.
Eso situaba su comienzo alrededor del tercer milenio antes de nuestra era: el pino ya crecía en la cordillera Snake unos siglos antes de que en Egipto se levantara la primera pirámide, la escalonada de Zoser, hacia el 2670 a. C. Año tras año fue añadiendo madera a un ritmo tan pequeño que varios siglos cabían en el ancho de una mano. La resistencia procedía también de la sequedad y el frío: en ese ambiente escasean los hongos y los insectos que descomponen con rapidez otros troncos.
Prometheus era un solo organismo, no una colonia de tallos que comparte raíces y se renueva. Esa distinción lo situó entre los árboles no clonales, individuos cuya edad corresponde al mismo tronco vivo. Existen organismos clonales mucho más antiguos, pero su longevidad se calcula de otro modo. El hallazgo de Wheeler Peak consistía en miles de temporadas conservadas dentro de un ejemplar que seguía vivo cuando llegó la cuadrilla.
Algunas secciones se repartieron entre centros de investigación y enseñanza. Una se conserva en el centro de visitantes de Great Basin, donde el corte permite recorrer con la vista franjas formadas antes de numerosos registros escritos. Otra fue examinada por Donald Graybill, investigador del Laboratorio de Anillos de los Árboles de la Universidad de Arizona. Su recuento posterior alcanzó una cifra mayor que la publicada por Currey.
La tala también dejó material climático útil. El grosor de cada anillo respondía a condiciones concretas de crecimiento y podía compararse con madera de otros pinos. Esas coincidencias ayudan a fechar piezas antiguas y a reconstruir variaciones ambientales. El árbol perdido no quedó reducido a la notoriedad del accidente: sus discos entraron en series de trabajo donde una secuencia sirve para corregir y prolongar las demás.
Currey continuó su carrera como geógrafo y enseñó durante décadas en la Universidad de Utah. La historia de Prometheus lo acompañó, a menudo reducida al relato de una herramienta rota. Su publicación conserva una pregunta distinta: qué ocurrió con los glaciares de la región y qué podían decir los árboles sobre esos cambios. La edad extraordinaria apareció dentro de esa investigación, cuando ya no había forma de devolver el ejemplar a la ladera.
Veintidós años después, el paisaje cambió de categoría. El Congreso de Estados Unidos creó Great Basin National Park el 27 de octubre de 1986 e incorporó Wheeler Peak y sus arboledas de pinos longevos. El tocón de Prometheus permanece allí. No hay un tronco erguido que señale el antiguo récord; quedan la base cortada, las muestras distribuidas y la montaña donde el árbol había sobrevivido durante milenios.
En las Montañas Blancas de California continúa vivo Matusalén, otro pino longevo identificado por investigadores. El Servicio Forestal no indica cuál es entre los ejemplares de la arboleda y mantiene reservada su localización exacta para reducir el vandalismo y el daño de las pisadas sobre las raíces. La cautela se aplica ahora a un árbol cuya edad se conoció sin necesidad de derribarlo.
Los 4.844 anillos publicados por Currey tampoco cerraron la cuenta. En un pino longevo pueden faltar anillos durante años extremos, y cualquier corte realizado por encima del nacimiento deja fuera las primeras temporadas. Por eso las estimaciones de edad completa varían y deben separarse del número observado en la madera. Prometheus conserva el dato obtenido después de la motosierra: Donald Graybill contó 4.862 anillos en su madera.