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Curiosidad · Del catálogo de Margen

¿Por qué Italia dinamitó una isla frente a Rímini?

El 26 de febrero de 1969, una borrasca del Adriático hundió frente a Rímini una plataforma de acero de cuatrocientos metros cuadrados. El Estado italiano llevaba quince días intentando hundirla con explosivos y no había podido. El mar lo hizo gratis y en una tarde.

Italia la voló por cuatro razones. Aquella barra estaba legalmente fuera de Italia. Lo que se cobraba allí no lo declaraba nadie. Entre los planes figuraba vender gasolina sin el impuesto especial italiano, que era entonces uno de los más altos de Europa. Y si valía un ingeniero de Bolonia con una patente, iba a valer cualquiera con dinero y un abogado: el país era miembro fundador del Mercado Común, el antecesor de la Unión Europea, y mandar buzos militares contra un bar con terraza le salía más barato que el precedente.

26 de febrero de 1969

La plataforma estaba a once kilómetros y seiscientos doce metros de la costa, quinientos metros por fuera del límite de las aguas territoriales italianas de entonces, que llegaban hasta las seis millas marinas. Llevaba dos semanas retorcida, con los pilares abiertos y la estructura descuadrada, y una marejada de invierno la terminó de bajar. Lo que quedó en el fondo del Adriático son nueve pilares de acero rellenos de hormigón.

13 de febrero de 1969: la segunda carga

Dos días después de la primera, los buzos volvieron con más explosivo. Según las crónicas de la operación, habían empezado con unos setenta y cinco kilos por pilar y esta vez subieron a ciento veinte: en total, cerca de dos toneladas repartidas en dos tandas. La plataforma se dobló. No se cayó.

11 de febrero de 1969: la primera carga

Los buzos se encontraron con un muelle. El sistema lo había contado Rosa con sus propias palabras: se monta la estructura en la playa, se lleva flotando mar adentro, se bajan los pilares verticales hasta el fondo —huecos—, se meten dentro tubos de acero que se empujan contra la arena y al final se rellena todo de cemento, con lo que la corrosión deja de ser un problema. El sistema llegó a tener número de patente propio, el 850.987.

Una estructura telescópica absorbe una explosión como un muelle absorbe un golpe: se deforma por dentro y se queda donde está. Los buzos de la Marina italiana derribaron primero lo que quedaba de obra de ladrillo y cemento, minaron después los pilares, abrieron una muesca y se volvieron a puerto.

El pontón de noviembre de 1968

Dos meses y medio antes, un pontón descargó en Rímini todo lo que se podía desmontar y transportar: el mobiliario del restaurante, la barra, la tienda, el mostrador de correos. Lo que no se podía mover se quedó arriba esperando a los buzos.

El recurso, en el otoño de 1968

Antes de que llegaran los explosivos, la isla litigó. Su gobierno llevó el caso al Consejo de Europa, en Estrasburgo, y buscó para asesorarse a Nicola Catalano, que había sido juez del Tribunal de Justicia de las Comunidades Europeas entre 1958 y 1962. El recurso se desestimó. La República Esperantista de la Isla de las Rosas tenía un abogado mejor que su territorio.

La orden, en agosto de 1968

El Ministerio de la Marina Mercante mandó un despacho a la Capitanía de Puerto de Rímini exigiendo a Rosa que demoliera la plataforma. El problema jurídico era que nadie tenía un papel bueno. Rosa no podía enseñar ningún tratado que reconociese su país; Italia tampoco tenía una ley que prohibiese con claridad construir sobre el fondo del mar fuera de sus aguas, porque a nadie se le había ocurrido escribirla. El Estado se agarró entonces a lo único sólido que tenía en la mano: aquello se había levantado sin concesión administrativa, y lo que se levanta sin permiso se quita.

25 de junio de 1968: la ocupación

Una decena de lanchas con agentes de la policía, carabineros y Guardia di Finanza —el cuerpo italiano que persigue el contrabando y el fraude fiscal— rodearon la plataforma y tomaron posesión de ella sin un golpe. Arriba no había ningún gobierno al que detener: había el guardián de la plataforma, que vivía allí, y no le dejaron desembarcar en Rímini hasta el 11 de julio. El bloqueo prohibió cualquier atraque, así que la plataforma no volvió a abrir al público: su vida comercial entera fueron el verano de 1967 y las semanas de 1968 anteriores a aquel 25 de junio.

Giorgio Rosa mandó un telegrama de protesta a Giuseppe Saragat, presidente de la República italiana. No hubo respuesta.

La república había durado cincuenta y cinco días.

1 de mayo de 1968: la independencia

Rosa declaró la plataforma Estado independiente y se nombró presidente; la noticia se hizo oficial a finales de junio, justo a tiempo para que la leyeran los que iban a desalojarla. El país se llamaba, en esperanto, Esperanta Respubliko de la Insulo de la Rozoj: República Esperantista de la Isla de las Rosas. El esperanto, la lengua artificial que un oftalmólogo llamado Zamenhof publicó en 1887 para que nadie tuviera que aprender la del vecino, era el idioma oficial.

El 1 de mayo se repartieron también los cargos: una presidencia del consejo de departamentos y cinco departamentos, uno de ellos dedicado a conseguir que alguien reconociera la extraterritorialidad de la plataforma. Tenía gobierno, himno, bandera y oficina de correos. Se imprimieron sellos y se anunció una moneda, el mill, a la par con la lira italiana. Uno de aquellos sellos lleva dibujado el mapa de Italia con un punto marcado en el Adriático, por si alguien dudaba de dónde estaba el país. Los sellos son hoy lo único que queda del Estado: se venden entre coleccionistas y valen bastante más que el franqueo que pagaban.

20 de agosto de 1967: la inauguración

El que subía por la escalerilla encontraba arriba un restaurante, un bar, una sala de baile, una tienda de recuerdos y un mostrador de correos con su matasellos. Se llegaba en barca, no había manera de llegar de otra forma, y durante las primeras semanas el agua dulce subía en garrafas. Abrió al público un domingo de agosto, en plena temporada, a un rato de barca de una de las costas más visitadas de Europa, y subían curiosos, subían empresarios y subían los juerguistas de la Riviera.

La obra, antes de 1967

La estructura se montó en tierra, se llevó flotando y se fue clavando pilar por pilar, con pontones y con tubo de acero encargado a una empresa siderometalúrgica del norte. Veinte metros por veinte, nueve pilares y una tubería que bajaba doscientos ochenta metros por debajo del fondo marino para sacar agua dulce, porque una república sin agua potable no es una república, es una balsa.

Y antes de todo, 1958

Seis millas marinas son 11.112 metros. La plataforma se plantó a 11.612. Esa diferencia de quinientos metros, lo que se anda en seis minutos, es todo el derecho internacional que Rosa necesitaba: dentro de las seis millas habría sido una obra ilegal y una multa; fuera, era otro país. El plano lo dibujó en 1958 un ingeniero mecánico de Bolonia de treinta y tres años, titulado por su ciudad en 1950, que veraneaba justo enfrente. En 1974, cinco años después de que la plataforma se fuera al fondo, Italia amplió sus aguas territoriales de seis a doce millas: el agujero por el que se coló la isla se cerró solo, y hoy aquel punto del Adriático es territorio italiano.

Giorgio Rosa murió en Bolonia el 2 de marzo de 2017, a los noventa y uno, cuarenta y ocho años después de la última carga de explosivo. En 2020 Netflix estrenó una película sobre el asunto.

Del país no queda más que papel. El gobierno en el exilio, que siguió existiendo dentro de una carpeta, emitió un último sello: lleva dibujada la explosión de la plataforma y, debajo, cuatro palabras en latín, «Hostium rabies diruit opus non ideam» —la furia del enemigo destruyó la obra, no la idea— impresas sobre un franqueo que ninguna oficina de correos del mundo habría aceptado.