Por capítulos · Once colegios y un horno de 1931 · Del catálogo de Margen
Se lo cuenta con el horno apagado

Antes: Celso Larrauri tiene el horno en obras hasta el miércoles, siete colegios y la inspección el jueves 28. Su hija avaló los 9.400 euros.
Dentro de la cámara, a dieciocho grados, Marcelino Berástegui, oficial albañil refractario, sentaba el undécimo ladrillo del asiento cuando sonó el fijo de la oficina y el obrador se quedó en seis colegios.
—Celso, que hoy no me bajes nada.
Eran las seis y veinte de la mañana del lunes veinticinco. Jacinta Munárriz, cocinera del Hilarión Eslava desde hace catorce cursos —trescientos veinte niños—, hablaba desde la cocina con el grifo abierto, y era la última de las once a la que Panificadora Duero había llegado.
—Jacinta, hoy te bajo medio pan y el miércoles enciendo.
—El miércoles enciendes y el jueves te miran. Yo tengo que dar de comer hoy, y mañana, y el miércoles. —Cerró el grifo—. Anoche la directora me mandó una foto de un papel de una empresa de Berriozar. Dos líneas. Dicen que ellos no tienen ningún expediente abierto. Eso es todo lo que dice el papel, y es todo lo que hace falta.
—El martes doce me dijiste que a tu cocina no había llamado nadie.
—Y era verdad. Ahora ya han llamado, pero no a mí: a la directora. —Jacinta no colgaba—. Celso, cuando tengas el papel firmado me llamas. En septiembre se vota el curso que viene y yo voto. Lo que no voy a hacer es defenderte un lunes por la mañana con tu horno apagado, la obra dentro y medio pan en la furgoneta.
Celso Larrauri, maestro panadero y dueño de la casa, colgó el fijo y se quedó de pie delante de la boca del horno apagado.
El que fue hasta la pared fue Eulogio. Eulogio Satrústegui, amasador, cincuenta y dos años y treinta y tres de ellos en esta casa, llevaba desde el viernes quince sin decir una frase entera. Cogió la tiza del canto de la pared, al lado del hueco de la leña, borró el siete con el pulgar y escribió un seis. Dejó la tiza donde estaba y volvió al eléctrico de dos pisos, que llevaba desde las seis y veinte haciendo lo que puede hacer: doscientas ochenta barras en vez de quinientas treinta, en tandas de cuarenta, y los panecillos que él mismo había amasado el domingo por la tarde.
En treinta y tres años nadie le había visto tocar esa pared.
A las nueve y diez salió de la cámara Gaizka Ordoiz, jefe de obra, treinta y cuatro años, con el metro en la mano y el pantalón blanco hasta la rodilla.
—Los dos tramos de conducto están limpios y el asiento está sentado. Me queda la fila uno, que es la que se ve y la que cierra la boca. —Se limpió las manos en el pantalón, que ya no servía para nada—. La cierro mañana a mediodía, el mortero cura toda la noche y el miércoles, en cuanto compruebe que ha agarrado, salgo. Enciéndalo ese mismo miércoles a mediodía, flojo. El jueves a las siete lo tiene a doscientos cuarenta.
—¿Y si el mortero no ha curado?
—Si no ha curado se lo digo yo el miércoles y usted no enciende. Eso también va en el precio. —Gaizka señaló con la barbilla hacia el taburete de ordeñar—. Pregúntele a ese, que lleva aquí desde las siete y solo ha abierto la boca para medir.
Paulino Garisoain, hornero retirado, ochenta y un años y treinta y uno de ellos delante de esa boca, tenía el pirómetro de aguja apoyado en la rodilla.
—Dieciocho dentro y doce fuera —dijo—. Cura.
Izaskun Larrauri, veintinueve años, administrativa del obrador e hija de Celso, bajó a las nueve y media con los dos cuadernos y vio el seis de la pared. No preguntó quién lo había escrito: el siete lo había puesto ella el jueves, el seis no era su letra ni la de su padre, y en esta casa solo queda un hombre más que escriba en esa pared.
—¿Cuál.
—El Hilarión Eslava. Dos mil seiscientos al mes.
Se sentó en el escalón de la oficina con el cuaderno encima de las rodillas y lo apuntó en la columna que empezó el martes cinco con una sola fila, la del análisis. Ahora tenía cinco: Santa Bárbara, Erreniega, Sagrado Corazón, San Jorge, Hilarión Eslava.
—Quedan seis —dijo—. Cuatro son de Tránsito.
—Cuatro son de Tránsito.
—Entonces no quedan seis, aita. Queda Tránsito, el Monte Carmelo y los Jesuitas. —Cerró el cuaderno de golpe—. Y Tránsito firmó hasta el veintiocho.
A la una y media pararon a comer. El patio se quedó con el camión de Ordoiz, los veintidós ladrillos viejos apilados contra la tapia y el zumbido del eléctrico, que es ruido de electrodoméstico y no de horno. Eulogio se fue a su casa a comer, como todos los días, y pasó por delante de Izaskun sin decirle nada, como lleva haciendo desde el viernes.
Ella entró en la oficina y se quedó de pie delante de la mesa.
—Aita. El jueves pasado, con la mano encima de esa carpeta, me dijiste que había una cosa del horno que me tenías que contar. Dijiste «mañana». Han pasado cuatro días.
—Lo sé.
—El viernes a las nueve y cinco firmé un aval solidario de nueve mil cuatrocientos euros a cinco años con mi piso detrás. —No levantó la voz, que es lo que hace cuando lo trae pensado de casa—. Eulogio no me mira desde el viernes. Paulino se calla cuando entro. El sábado, cuando salió el ladrillo, los tres sabíais algo que yo no sé, y la única que estaba apuntando ladrillos en un cuaderno era yo.
Celso se levantó, abrió el cajón de abajo del mueble de los albaranes y sacó la carpeta de gomas con las facturas de la leña de los cuatro últimos ejercicios.
—Baja conmigo.
Con el horno apagado se oye todo: el eléctrico, el reloj de la pared, el motor del camión enfriándose en el patio. En el mármol seguían las dos barras de canto del martes cinco y, al lado, con la cara escrita hacia arriba, el ladrillo que Paulino firmó en mayo de 1974.
Celso sacó dos papeles de la carpeta y los puso uno al lado del otro, igual que se los había puesto Paulino a él el lunes dieciocho. Al segundo le dejó la mano encima del pie, tapándolo, y no la quitó.
—Esta es de enero de aquel año. Haya. Ciento cincuenta y ocho euros la tonelada. —Movió el dedo de la otra mano al segundo papel—. Y esta es la siguiente. Recortes de palé. Treinta y ocho euros la tonelada, veinte toneladas al año.
Izaskun leyó las dos líneas de arriba sin tocar los papeles.
—Dos mil cuatrocientos euros al año —dijo.
—Dos mil cuatrocientos.
—¿Y eso es lo que ha salido en la corteza?
—Eso es lo que ha salido en la corteza. El palé lleva cola, barniz y pino, quema sucio, y lo que suelta sube por los conductos y entra en la cámara por la junta de la boca. La junta es de 1974 y la estamos pagando ahí dentro a nueve mil cuatrocientos euros. La leña era cosa mía: la haya la pedí el martes pasado y entró el jueves, y en ese hogar no vuelve a entrar un palé.
—¿Y quemar eso en un horno de pan está prohibido, aita?
—Está prohibido desde el primer camión. Madera residual. Me lo dijo Paulino con la factura en la mano y tenía razón.
—O sea que lo que yo avalé el viernes se sostiene encima de una infracción tuya de hace dos años.
—Se sostiene encima de eso.
Izaskun no dijo nada durante un rato largo.
—Y hay una cosa más, y te la digo yo antes de que la leas tú en el papel, porque la vas a leer. —Celso seguía con la mano encima del pie de la factura—. Ese albarán lo firmó Eulogio. Lo firmó él porque yo estaba en el médico y le dije por teléfono que firmara lo que trajera el de Noáin. Los demás los he firmado yo, todos. La llamada la hice yo, el precio lo negocié yo y la decisión la tomé yo solo, y el jueves, con la inspectora de salud pública delante, lo voy a decir con estas mismas palabras.
—Quita la mano, aita.
Celso la quitó.
Izaskun leyó la firma del pie: pequeña y vertical, E. Satrústegui.
—¿Desde cuándo, aita. Y esta vez una fecha.
Y Celso Larrauri, que llevaba dos años y un mes sin decir esa fecha en voz alta, la dijo entera, delante del horno apagado y del ladrillo de Paulino.
—El tres de febrero de dos mil veinticuatro. A las once de la mañana llamé yo a Noáin y a las cinco de la tarde entró el primer camión de palé en este patio.