
En el corazón del Sáhara, en la meseta de Gilf Kebir, hay una cueva con figuras humanas pintadas hace miles de años. Están nadando. Hoy, en ese punto exacto, pueden pasar décadas sin una sola lluvia.
No era un capricho del artista. Hace entre 11.000 y 5.000 años, un lento vaivén en la órbita y la inclinación de la Tierra empujó los monzones hacia el norte, y el mayor desierto cálido del planeta era una sabana con acacias, ríos y lagos enormes. El lago Mega-Chad llegó a ser uno de los mayores lagos de agua dulce que ha tenido el planeta; hoy queda una fracción mínima. Bajo la arena siguen apareciendo huesos de hipopótamos, cocodrilos y peces, y anzuelos de la gente que vivía de ellos.
Cuando el monzón se retiró, el verde se replegó hacia el sur y sus habitantes emigraron. Muchos acabaron junto a un río llamado Nilo, justo cuando en sus orillas empezaba a organizarse Egipto.
Y el péndulo no se ha parado: los mismos ciclos orbitales siguen su curso. Dentro de unos cuantos miles de años, al Sáhara volverá a crecerle la hierba.