
El primer miércoles pensé en corregirle. «Laura, cariño, soy el abuelo. ¿Vienes el domingo?» Yo no me llamo Laura. Le dije que lo intentaría.
Desde entonces llamaba cada miércoles a las siete. Me preguntaba por unos exámenes que no hago, por un novio que no existe, por si como bien. Yo lo aprobaba todo, se llamaba Dani, sí, abuelo, verdura casi a diario. Él me contaba la huerta, la lluvia, lo callada que se había quedado la casa desde lo de la abuela. Colgaba siempre igual: «No te entretengo más, cariño».
Ayer era miércoles y el teléfono no sonó. Esperé hasta las diez mirando la pantalla como se mira una puerta.
Hoy he marcado yo. Ha respondido una voz joven, rota, con ruido de mucha gente detrás.
—¿Laura? —he preguntado.
Un silencio.
—Sí. ¿Quién es?
—Tu abuelo estaba muy orgulloso de ti —he dicho.
Y era verdad. Aunque yo nunca sabré de cuál de las dos.