La casa de mi infancia salió en un portal inmobiliario y fui a verla, por nostalgia, fingiendo ser compradora.
Me abrió una pareja joven. Amables, algo tímidos. La casa olía como entonces: a cera y a sopa. Lo atribuí a la sugestión.
En el pasillo, me detuve ante las fotos enmarcadas. La playa de Comarruga, 1987. El cumpleaños de los globos naranjas. La abuela con su rebeca azul en el sofá que estaba —lo juro— en el mismo sitio.
Eran nuestras fotos. Era mi familia. En una salía yo, con seis años, sin dientes.
—¿Y ustedes por qué venden? —conseguí preguntar.
La mujer joven miró al hombre joven con una tristeza antigua, desproporcionada para su edad, y me contestó con la voz de mi madre:
—Porque la niña no viene nunca. Y una casa donde no viene nadie hay que dejarla ir.
Me marché sin despedirme, temblando. En la calle miré el cartel: «SE VENDE», y debajo, en letra pequeña que solo se lee si te acercas mucho: «a quien vuelva».