El sastre de la esquina me paró en la calle. Un hombre viejo, elegante, con el metro colgado del cuello como una estola.
—Venga el jueves a recoger su traje —dijo.
—Yo no he encargado ningún traje.
Consultó su libreta, pasó una página, y algo se le enfrió en la cara.
—Cierto. Usted no —se disculpó—. Discúlpeme. Trabajo adelantado.
Me reí con los amigos contándolo: el sastre chiflado que cose para gente que no le encarga nada. Uno de ellos dejó de reírse. Me contó que a su padre el mismo sastre le había dicho lo mismo, años atrás. Que su padre recogió el traje el jueves, por seguirle la corriente. Que era perfecto: los hombros, el largo, la manga. La talla exacta.
—¿Y? —pregunté.
—Lo enterramos con él ese domingo.
Hoy es jueves. Llevo todo el día dando rodeos para no pasar por la esquina. Pero acaban de llamar al timbre, y por la mirilla se ve una funda de traje colgada del brazo de alguien que espera con muchísima paciencia.