
En 1696, la corona inglesa necesitaba dinero y buscaba una manera de gravar la riqueza sin entrar en las casas a contar monedas. La solución fue ingeniosa: gravar las ventanas. Se contaban desde la calle, y cuantas más tenía tu casa, más rico se te suponía y más pagabas.
La respuesta de la gente fue inmediata y muy humana: tapiar. Propietarios de todo el país cegaron ventanas con ladrillo para bajar de tramo, y hubo constructores que levantaban edificios con huecos ciegos de origen, por si el impuesto subía. Escocia y Francia copiaron la idea, con idéntico resultado.
El país se fue quedando literalmente más oscuro. Los médicos protestaron durante décadas: en los barrios pobres, donde los caseros tapiaban sin preguntar, faltaban luz y ventilación, y los reformistas lo bautizaron «el impuesto a la salud». En 1851, tras una larga campaña, se derogó.
Lo extraordinario es que la factura sigue a la vista. En Bath, en Edimburgo, en medio Londres georgiano, hay fachadas elegantes con rectángulos de ladrillo donde debería haber un cristal. No es un capricho del arquitecto: es la sombra de un impuesto, escrita en las casas.