Curiosidad · Del catálogo de Margen
El físico de la rana flotante también tiene un Nobel

En el Laboratorio de Campos Magnéticos Altos de la Universidad de Nimega, en los Países Bajos, el físico Andre Geim tuvo una rana viva suspendida en el aire un viernes de 1997, dentro del hueco de un imán de 16 teslas: unas 300.000 veces el campo magnético de la Tierra. La rana no estaba atada a nada. Trece años después, el mismo hombre recogía en Estocolmo el Nobel de Física.
Lo de la rana empezó con agua del grifo. Geim quería ver qué hacía un chorro de agua al caer por el hueco del imán, así que echó un poco y se asomó. El agua no cayó: se quedó quieta a media altura, en una bola temblona que no bajaba ni subía. Después vinieron las avellanas, las flores, un saltamontes. La rana la propuso Irina Grigorieva, física del mismo laboratorio y mujer de Geim, con un argumento sencillo: una rana es agua en un ochenta por ciento. La rana subió hasta el centro del imán, se quedó ahí arriba y siguió moviendo las patas como quien nada, porque desde su punto de vista nadaba. Cuando apagaron el campo bajó sola y volvió a su acuario sin un rasguño.
El efecto se llama levitación diamagnética. Todos los materiales responden un poco al revés cuando entran en un campo magnético —en el hierro esa respuesta existe también, solo que la tapa otra muchísimo más fuerte—: el agua se convierte en un imán minúsculo y de signo contrario, de modo que el campo la empuja hacia donde es más débil. El empujón es ridículo. Tan ridículo que durante siglo y medio se dio por inservible: el holandés Anton Brugmans vio en 1778 que un trozo de bismuto se apartaba del imán, y en 1845 Michael Faraday lo describió con detalle y adoptó para él la palabra que propuso William Whewell y que todavía lleva. Lo que llegó en los noventa fueron imanes capaces de 16 teslas. Con 16 teslas, aquel empujón ridículo acaba valiendo exactamente lo que pesa la rana, y entonces la rana no tiene ningún motivo para caerse.
En el año 2000, Geim y el físico británico Michael Berry, que firmó con él el artículo del European Journal of Physics, recibieron el Ig Nobel de Física: un premio que se entrega cada otoño en Estados Unidos a investigaciones de verdad que parecen una broma. Geim viajó a Harvard a recogerlo. Berry tenía un compromiso ese día y no pudo ir.
Cuatro años después, ya en la Universidad de Mánchester, Geim y su colega Konstantin Novoselov pegaron un trozo de cinta adhesiva sobre un bloque de grafito —el material de la mina de los lápices— y tiraron. En la cinta quedaron láminas de carbono de un átomo de espesor: grafeno, el material que la teoría daba por imposible de obtener suelto. Salió de las sesiones que Geim llamaba Friday night experiments y que ya practicaba en Nimega: los viernes en que cada uno tenía que trabajar en algo que no fuera su tema. La rana salió de una de esas noches en Nimega. El grafeno, de otra en Mánchester. El Nobel de 2010 fue por el grafeno, y con él Geim se convirtió en la primera persona que ganaba los dos premios a título individual.
En el acta del Ig Nobel del año 2000 el motivo cabe en una línea: por usar imanes para levitar una rana. En la de Estocolmo hacen falta dos párrafos de física del estado sólido. Y aun así, de los dos, el experimento difícil fue el de la rana. El grafito se queda donde lo dejas.