
Cuarenta y una sillas de plástico azul y ocho personas repartidas para no tocarse.
Cada vez que se abre la puerta del fondo subimos la cabeza a la vez, como en misa, y a la vez la volvemos a bajar.
Yolanda Pardo, enfermera de triaje, lleva desde las tres diciendo apellidos ajenos.
Somos ocho y los ocho llevamos la cuenta de quién entró después que nosotros.
Dos horas aquí: once nombres dichos, y ninguno era el nuestro.