Pedimos opciones creyendo que nos liberan. Pero cada puerta que dejamos abierta y no cruzamos empieza, con el tiempo, a pesar como un reproche.
La libertad no es tener alternativas; es la capacidad de renunciar a ellas. Quien nunca elige, para no perder nada, termina perdiéndolo todo despacio: la vida no se le va en errores, se le va en ensayos que no comprometen. Las posibilidades no vividas no se evaporan, se acumulan como facturas.
Elegir duele porque mata versiones de uno mismo. Pero solo lo que muere deja sitio. El que lo quiere todo abierto acaba habitando un pasillo de puertas: mucho aire, ninguna habitación donde por fin quedarse.