
En 1999, David Dunning y Justin Kruger pusieron a estudiantes a hacer tests de gramática y lógica y les pidieron estimar su propio resultado. Los peores no se creían los mejores, como dice el meme: se creían «del montón para arriba». Estando en el percentil 12, se situaban en el 62.
El matiz importa. El efecto no es «los tontos se creen genios», sino algo más incómodo: las habilidades para hacer algo bien son las mismas que necesitas para notar que lo haces mal. Sin ellas, tus errores te resultan invisibles.
Y hay una segunda mitad que casi nadie cita: los mejores se puntuaron por debajo de su nivel real. Como a ellos les parecía fácil, asumieron que a todos.
Moraleja doble: la seguridad absoluta es sospechosa, y esa persona brillante que duda de sí misma probablemente sabe más que tú.