
Llama el tercero de la noche a las cuatro y diez: un padre con receta de ibuprofeno infantil.
Rocío, farmacéutica de guardia, no abre la puerta. Abre veinte centímetros de ventanilla, cobra tres euros con veinte, repite el intervalo entre dosis y vuelve al taburete a esperar al cuarto.
Fuera hay un banco y una máquina de tabaco apagada. Y tú, el cuarto, que has venido andando veinte minutos porque a las once no era para tanto.