Curiosidad · Del catálogo de Margen
Churchill invocó en 1943 un tratado firmado en 1373

Winston Churchill se levantó en la Cámara de los Comunes el 12 de octubre de 1943, en plena batalla del Atlántico, y empezó así: tengo que hacer a la Cámara un anuncio que se deriva del tratado firmado entre este país y Portugal en el año 1373, entre Su Majestad el rey Eduardo III y el rey Fernando y la reina Leonor de Portugal.
Después se calló para que la fecha calara. Los diputados tardaron un segundo en entender que no era una broma. Churchill no estaba pidiendo nada: anunciaba que Portugal acababa de concederle facilidades —esa fue la palabra, no bases— en las Azores, las islas portuguesas en mitad del Atlántico, para proteger a los mercantes y poder cazar submarinos alemanes en el hueco de océano que los aviones no alcanzaban desde tierra. Y el acuerdo se amparaba en un papel de quinientos setenta años antes.
El papel existe y sigue en vigor. La alianza entre Inglaterra y Portugal empezó con aquel tratado de 1373, que firmaron Eduardo III por un lado y Fernando I y Leonor Téllez por el otro, y se volvió a firmar, más fuerte y más solemne, el 9 de mayo de 1386 en Windsor. Lo que Churchill leyó en voz alta aquel día fue el artículo primero del de 1373, que promete amistades, uniones y alianzas perpetuas; el de Windsor lo repite todavía más solemne, una liga perpetua que ha de durar para siempre. Ninguno de los dos pone fecha de caducidad en ninguna línea.
Detrás había una batalla. El 14 de agosto de 1385, en Aljubarrota, al norte de Lisboa, el ejército portugués de Juan I paró a los castellanos, y lo hizo con unos doscientos arqueros ingleses en el campo, veteranos de la guerra de los Cien Años, de los que disparaban el arco largo, el arma que cuarenta años antes había destrozado a la caballería francesa en el norte de Francia. Portugal conservó su corona. Un año y medio después, el 2 de febrero de 1387, Juan I se casó en Oporto con Felipa de Lancaster, hija del duque Juan de Gante. Uno de sus hijos fue el infante Enrique el Navegante, el que montó las expediciones que llevaron a Portugal costa africana abajo.
Desde entonces la alianza se ha ido despertando cada vez que hacía falta. En 1899, con la guerra de los bóeres encima, los dos gobiernos firmaron en secreto una declaración que la reafirmaba. En febrero de 1916 Portugal requisó los barcos alemanes amarrados en Lisboa porque Londres se lo pidió, treinta y seis de golpe el día 23, y Alemania le declaró la guerra dos semanas más tarde, el 9 de marzo. Y en 1943 llegó el turno de las Azores: Portugal era oficialmente neutral, António de Oliveira Salazar no quería un paso en falso con Berlín, y el tratado medieval le dio la cobertura legal para decir que sí sin dejar de ser neutral. Los aliados entraron en la base de Lajes aquel mismo mes de octubre, y desde la isla Terceira los aviones de patrulla llegaban por fin al centro del Atlántico, el corredor que hasta entonces ningún avión cubría desde tierra.
Entre la firma de Windsor y aquel discurso pasaron quinientos cincuenta y siete años, y entre el discurso y hoy, otros ochenta y tres. Seiscientos cuarenta años sin que ninguna de las dos partes haya denunciado el tratado: es la alianza en vigor más antigua del mundo.