
Haz la prueba delante de un espejo: mira tu ojo izquierdo, luego el derecho, y vuelve. Ves los dos ojos quietos en cada punto, pero nunca los ves haciendo el viaje de uno a otro. Alguien a tu lado sí lo vería. Tú no.
No es lento el espejo ni te falla la vista. Es que tu cerebro apaga la imagen mientras los ojos se mueven a toda velocidad, en esos saltos rapidísimos que llaman sacadas. Durante ese instante, lo que entra sería un borrón mareante, así que el cerebro lo descarta y rellena el hueco con lo que ve antes y después.
El resultado es una película sin cortes montada sobre huecos que no percibes.
Tu vida te parece continua, pero tienes microcegueras cada pocos segundos. Y ni te has enterado hasta ahora.