
Un barco de vivos contra un nombre querido. La marea ya estaba alta y la voz esperaba en el aire, paciente como solo saben esperar los que ya no tienen prisa.
—Una hora —pidió—. Solo una hora de oscuridad y me voy contigo. No más esperar.
Una miró las dos luces que se acercaban a las rocas. Miró el interruptor. Y comprendió que llevaba nueve años haciéndose la pregunta equivocada. El faro no servía para apagar a los muertos ni para salvar a los vivos: servía para seguir mirando el mar todas las noches, que es la única forma que tenemos de no soltar a nadie del todo.
—No voy a apagarla —dijo por última vez—. Pero tú tampoco te vas a ir. Cada vez que gire la luz, te estaré buscando. Esa es la hora que te doy: todas.
El haz barrió el agua. El pesquero corrigió el rumbo, esquivó la roca y se perdió, sano, hacia el puerto. Y en el mar, donde antes había un peso, Una sintió de pronto una calma antigua, como cuando se cierra por fin una puerta que llevaba años golpeando con el viento.
Al amanecer, la radio —la de verdad— crepitó. El capitán del pesquero daba las gracias. «Nos guiaron dos luces hasta la bocana», dijo. «Dos. La del faro y otra más baja, a ras de agua. Pensé que tendrían un bote fuera.»
Una no tenía ningún bote fuera. Sonrió por primera vez en nueve inviernos y subió a limpiar el cristal de la linterna para la noche siguiente.