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Curiosidad · Del catálogo de Margen

¿Por qué a las cerilleras se les pudría la mandíbula?

23 de junio de 1888

Bow, distrito obrero del este de Londres, alberga la fábrica de cerillas Bryant & May. La mayoría de quienes llenan sus salas son mujeres jóvenes y niñas. Cortan, sumergen, secan, agrupan y empaquetan cerillas durante jornadas largas, rodeadas por una sustancia que impregna el aire y se adhiere a manos, ropa y comida.

Annie Besant, periodista y activista por los derechos laborales, publica hoy White Slavery in London, un reportaje sobre explotación fabril, en The Link, el semanario reformista que ella dirige. Antes de escribirlo ha hablado con trabajadoras de la planta. Ellas le han contado cuánto cobran, qué descuentos soportan y qué ocurre cuando una supervisora considera que han hablado, llegado tarde o dejado caer material.

Las multas salen de salarios pequeños. También existen deducciones relacionadas con los materiales de trabajo. Una empleada puede completar su jornada y descubrir al cobrar que varias faltas, decididas dentro de la propia fábrica, han reducido el dinero que llevará a casa. La empresa presenta sus puestos como empleo estable.

La cuenta que más circula esos días no la publica Besant: la saca Henry Hyde Champion, editor socialista, poniendo los dos extremos del mismo balance uno al lado del otro. Bryant & May reparte a sus accionistas dividendos por encima del 20 % mientras paga en las salas de Bow lo que él llama salarios de hambre. Las multas se descuentan de ese segundo número, nunca del primero.

El artículo también registra un daño que ninguna cuenta salarial puede explicar. Algunas trabajadoras empiezan con dolor de muelas. Después aparecen hinchazón, abscesos y heridas que no cicatrizan. El hueso de la mandíbula puede quedar expuesto, infectarse y morir. El rostro se deforma, el pus encuentra salida y el olor anuncia la enfermedad antes de que la paciente pueda ocultarla. En casos graves, el tejido destruido obliga a retirar partes de la mandíbula.

Las empleadas conocen el peligro por sus compañeras. La dirección conoce las acusaciones que circulan contra el proceso industrial. Sin embargo, conservar el puesto depende de entrar cada día en las mismas salas. Comer cerca del trabajo aumenta el contacto porque no hay una separación adecuada entre la zona contaminada y el lugar destinado al descanso.

La fábrica reacciona intentando desacreditar el texto. Las trabajadoras reciben presión para firmar una declaración que niegue las acusaciones. Firmar significaría afirmar que Besant ha mentido y que las condiciones denunciadas no existen. Rechazarlo supone enfrentarse a una compañía de la que dependen cientos de familias.

La negativa se extiende entre los bancos de trabajo. La empresa despide a una empleada; las versiones discrepan sobre la excusa formal, pero sus compañeras relacionan la expulsión con la campaña para imponer el desmentido. Al día siguiente la noticia ha corrido por las tres plantas.

5 de julio de 1888

Unas 1.400 mujeres y niñas, suficientes para llenar un gran teatro, abandonan hoy Bryant & May. La salida paraliza la producción y transforma una denuncia periodística en una huelga visible. Las trabajadoras exigen que vuelva la despedida, que terminen las multas y que la empresa escuche sus reclamaciones sin represalias.

La pregunta sobre sus mandíbulas ya tiene una respuesta química. Bryant & May utiliza fósforo blanco, una forma muy reactiva del elemento, en la mezcla inflamable de las cerillas. Sus vapores y residuos entran en contacto repetido con las trabajadoras. Cuando alcanzan la boca, especialmente a través de dientes dañados o heridas, pueden provocar necrosis ósea: la muerte progresiva del hueso de la mandíbula, casi siempre el maxilar inferior.

En la fábrica la llaman phossy jaw, la mandíbula del fósforo. La cirugía disponible consiste en retirar el tejido muerto, pero una operación extensa deja el rostro hundido para siempre y tiene su propio riesgo de matar a la paciente.

Existe una alternativa. El fósforo rojo, una forma química más estable y menos tóxica, permite fabricar cerillas de seguridad sin causar esa necrosis. Su uso resulta más caro y exige otro diseño: el material de encendido se reparte entre la cabeza de la cerilla y la superficie donde se frota. La tecnología capaz de evitar la enfermedad está disponible, pero proteger a las trabajadoras cuesta más que continuar con el procedimiento habitual.

La puerta de entrada son los dientes: los problemas dentales, frecuentes entre personas con poco acceso a cuidados, facilitan que la sustancia alcance el hueso, y una vez iniciada la necrosis sacar una muela no detiene el proceso. La infección avanza mientras la trabajadora pierde empleo, ingresos y parte del rostro.

Besant se reúne con las huelguistas y ayuda a organizar el apoyo público. Las trabajadoras forman un comité para presentar sus demandas. Recaudan dinero, explican el conflicto y llevan su caso, en delegaciones, ante figuras públicas que acaban respaldándolas: con ese dinero comen las familias que han perdido el jornal.

La empresa sostiene inicialmente que las condiciones han sido tergiversadas. La producción detenida hace difícil mantener esa respuesta. Cada día sin la plantilla multiplica la presión comercial y atrae nuevas preguntas sobre las multas, los despidos y el fósforo. Los consumidores empiezan a relacionar el nombre impreso en las cajas con los rostros dañados de quienes las producen.

El conflicto también altera la relación entre Besant y las obreras. Ella había publicado la denuncia, pero la huelga no es una representación montada por una periodista. Son las trabajadoras quienes dejan sus puestos, eligen representantes y deciden qué concesiones aceptar.

La presión convierte una disputa local en una noticia nacional, incómoda para una compañía que cuidaba su reputación comercial.

La fábrica ya no puede resolver el problema contratando de inmediato a otra plantilla. Sustituir a alrededor de 1.400 personas exige tiempo, formación y una disposición que escasea mientras la prensa describe la enfermedad. La fuerza de la huelga procede de haber salido juntas: ninguna supervisora puede descontar una multa a toda la producción y esperar que las máquinas continúen funcionando.

17 de julio de 1888

Bryant & May cede después de menos de dos semanas de huelga. La trabajadora despedida recupera su puesto y la empresa acepta eliminar el sistema de multas que recortaba los salarios, devolver a las empaquetadoras el jornal que les habían rebajado y dejar de exigir que las cajas se transporten sobre la cabeza: a partir de ahora se llevan en carretilla. También se compromete a recibir quejas a través de representantes elegidas por las obreras, una vía que reduce el poder inmediato de encargados y supervisores.

El acuerdo incluye un comedor apartado de las salas donde se manipulan los productos químicos. Comer deja de significar abrir el almuerzo junto al polvo y los residuos de las cerillas. Esa separación no elimina el fósforo blanco del proceso, pero corrige una fuente evidente de exposición y reconoce que el lugar de descanso debe quedar protegido del trabajo contaminante.

Las huelguistas regresan sin haber obtenido todavía la desaparición inmediata del compuesto responsable de la necrosis. La industria británica seguirá utilizando fósforo blanco durante años. Su prohibición legal llegará después, impulsada por una campaña más amplia y por la presión internacional. La victoria de julio se concentra en cambios que pueden aplicarse dentro de la fábrica: readmisión, fin de las multas, representación y un espacio seguro para comer.

Las mujeres montan además un sindicato propio, y lo montan después de volver, no dentro del acuerdo. El Sindicato de Mujeres Cerilleras celebra su asamblea fundacional en el Stepney Meeting Hall, en el este de Londres, y elige presidenta a Sarah Chapman, cerillera de la propia Bryant & May. El 4 de agosto se inscriben 468 afiliadas nuevas. Lo dirigen las trabajadoras que pararon la producción, no una asociación benéfica montada desde fuera.

Las 1.400 volvieron a entrar por la puerta de Fairfield Road con el sistema de multas anulado, la compañera despedida readmitida y un comedor aparte donde abrir el almuerzo. El fósforo blanco siguió dentro hasta el 1 de enero de 1910, el día que entró en vigor la ley que lo prohibió en todo el Reino Unido.