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Relato · Del catálogo de Margen

Le quito el timón a un capitán con la tabla de mareas

Nueve metros de escala de gato, cuerda y peldaños de madera, colgando del costado de un granelero que sigue andando a seis nudos. Lo primero del oficio: el barco no para para que yo suba. Si para, deja de gobernar, y un buque que no gobierna con mar de leva es un problema mucho más gordo que yo colgada de una cuerda.

El oficio se llama práctico de puerto y lo soy desde hace once años. Consiste en esto: subir a un barco que no conoces, con una tripulación que no te conoce, y meterlo por un canal donde no cabe el error. Cuarenta minutos de trabajo. Por radio me llaman por el indicativo; el nombre, Maider Zarraluqui, lo usan dos personas al mes.

Aquella mañana, a las 05:40, el barco se llamaba Kestrel Anna y venía cargado de clínker. Había leva del noroeste, metro y medio, de la que no rompe pero te levanta la lancha justo cuando pones el pie. Subí los nueve metros sin mirar abajo, que es lo único que te enseñan de verdad, y en la borda me recibió el tercer oficial, Marek Suchy, con una linterna. «Careful, the fifth step», dijo. El quinto peldaño estaba partido por la mitad.

Arriba estaba el capitán. Vasyl Omelchuk, cuarenta y tantos, veintidós años en graneleros. No me dio el timón.

Fue muy educado. Me ofreció café, me preguntó por la leva y no se movió del lado derecho del puente, que es donde manda el capitán. Me enseñó el móvil con un mensaje del fletador. Si el barco estaba atracado antes de las siete, cobraban una prima; a partir de las siete y un minuto, no.

Yo le pedía bajar a cuatro nudos para entrar el canal. Él me estaba diciendo, sin decirlo, que a cuatro nudos llegábamos a las siete y diez.

No discutí de velocidad. Saqué la tabla de mareas impresa, que siempre llevo en papel porque el papel no se queda sin batería, y le puse el dedo encima.

—Capitán, su calado son once metros veinte. A las 06:20, en la boca del canal, usted tiene noventa centímetros de agua bajo la quilla. A las 06:50 tiene un metro cuarenta.

—Noventa centímetros es agua.

—Con leva de metro y medio, el fondo le sube y le baja setenta y cinco centímetros debajo de la quilla. Haga usted la resta.

—Mi calado lo sé yo.

—Su calado lo sabe usted. La altura del agua en la boca a las seis y veinte la sé yo.

—Dos mil doscientos dólares.

—¿Perdón?

—La prima. Dos mil doscientos dólares, y los pierdo yo. Usted se va a su casa igual.

Se quedó mirando la tabla más tiempo del que hacía falta. Luego sacó el móvil, fotografió la página de las mareas y se la mandó al fletador sin escribir nada debajo. Después dio dos pasos a la izquierda y me dejó el sitio.

—Pilot has the conn —dijo, fuerte y mirando a la rueda.

—Pilot has the conn, aye —repitió el timonel, Ruel Caraig, que llevaba cuatro horas de guardia y necesitaba oír en voz alta quién mandaba a partir de ese segundo.

—Si llegamos tarde, el correo al fletador lo escribe usted —me dijo el capitán.

—Lo escribo yo.

Entramos a cuatro nudos. Atracamos a las 07:11.

El capitán perdió la prima. Yo bajé por la misma escala dos horas después, con el barco quieto esta vez, y antes de irme le dejé una fotocopia de la tabla de mareas de los catorce días siguientes, con las horas buenas marcadas en rojo.