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Curiosidad · Del catálogo de Margen

Un pueblo se encerró en 1665 y nadie sabe a quién salvó

Alexander Hadfield, sastre del pueblo de Eyam, en el condado inglés de Derbyshire, encargó a Londres un fardo de tela en el verano de 1665. Londres llevaba meses enterrando a su gente: la peste bubónica estaba arrasando la capital. El fardo llegó húmedo. Lo abrió el ayudante del sastre, un hombre llamado George Viccars, que lo extendió junto al fuego para secarlo. Murió el 7 de septiembre de 1665. Su nombre es el primero de la lista.

Eyam es un pueblo de piedra gris metido en una ladera, a unos veinte kilómetros al suroeste de Sheffield y a un día de carro de ninguna parte. En septiembre de 1665 empezaron a morir los vecinos de la casa de Hadfield. Después, los de las casas de al lado. Cuando llegó el invierno la cosa pareció calmarse, como calma siempre la peste con el frío, y en la primavera de 1666 volvió con más fuerza que antes. Entonces el pueblo entero entendió lo que tenía encima y se planteó la única pregunta razonable: irse.

Trescientos sesenta años después, los que han vuelto sobre Eyam con los papeles delante siguen sin ponerse de acuerdo en si lo que hicieron salvó a alguien. Lo que sí se puede contar, nombre por nombre y con fecha, es lo que costó.

Irse es lo que estaba haciendo todo el mundo. Quien tenía medios salía de las ciudades contagiadas y se iba al campo, y quien no los tenía se quedaba. Los vecinos de Eyam que podían permitírselo —había canteros, había mineros de plomo, había familias con tierra— tenían pueblos a los que ir y parientes que los habrían acogido. Si se iban, se iban con la peste encima.

El rector del pueblo era William Mompesson, nacido en 1639, que había llegado a Eyam en 1664 después de servir como capellán de Sir George Savile. Tenía veintiséis años y llevaba dos en el cargo. Y tenía enfrente un problema que no era solo sanitario: el hombre al que había sustituido, Thomas Stanley, un clérigo puritano expulsado del púlpito por no aceptar el nuevo rito anglicano, seguía en el pueblo con media parroquia detrás. Para que Eyam hiciera algo en bloque, aquellos dos tenían que aparecer de acuerdo delante de gente que llevaba cuatro años peleándose por ellos, y aparecieron.

Lo que propusieron, en la primavera de 1666, fue encerrarse por dentro. Nadie sale, nadie entra. Y el encierro tuvo dos partes, porque Mompesson lo negoció: Mompesson escribió al conde de Devonshire, que vivía en Chatsworth, a unos ocho kilómetros, y le dijo que si podía contar con un suministro suficiente de lo necesario, no dudaba de que convencería a su gente para quedarse. Es decir: le puso precio. El pueblo se quedaba y la casa de Devonshire pagaba la comida.

El cordón funcionó así. Alrededor del término se marcaron piedras —todavía hay una en el camino entre Eyam y Stoney Middleton, con los agujeros a la vista— que nadie debía cruzar en ningún sentido. Los comerciantes de los pueblos de alrededor dejaban el género sobre esas piedras y se iban. Los de Eyam recogían el género y dejaban el dinero en unos huecos abiertos en la propia piedra, llenos de vinagre, porque se creía que el vinagre desinfectaba las monedas. En un pozo de las afueras que hoy se llama el pozo de Mompesson se hacía el mismo intercambio con el agua corriente. Nadie se tocaba. El dinero se lavaba.

Por dentro, las reglas eran tres y las tres eran brutales. Cada familia enterraba a sus propios muertos, donde pudiera, sin cortejo y sin funeral. Los oficios religiosos se sacaron de la iglesia, que concentraba gente bajo un techo, y se celebraron al aire libre en una hondonada llamada Cucklett Delph. Y nadie cruzaba las piedras.

En Riley, una granja a media milla del pueblo, vivía la familia Hancock. En ocho días de agosto de 1666, Elizabeth Hancock enterró a su marido y a seis de sus siete hijos. Los arrastró ella misma hasta el prado de al lado y cavó ella misma, porque ésa era la norma y porque no quedaba nadie más. No se contagió. Las tumbas siguen allí, siete piedras y un recinto bajo, y se llaman las tumbas de Riley.

El 25 de agosto de 1666 murió Catherine Mompesson, la mujer del rector, que había seguido allí todo el tiempo: su tumba en el cementerio de la iglesia es la única visible de aquel año.

Y hubo un hombre que se dedicó al oficio imposible. Marshall Howe, que no era sepulturero de nadie, empezó a enterrar por su cuenta a los muertos de las casas donde ya no quedaba quien pudiera hacerlo, y cobraba quedándose con las pertenencias del difunto. Sobrevivió. Había pasado la peste antes y se creía inmune, y resultó que lo era, o que tuvo suerte durante catorce meses seguidos. Perdió a su mujer y a su hijo.

El último muerto fue Abraham Morten, un jornalero del pueblo, el 1 de noviembre de 1666. Con él se cierra el registro parroquial y se cierran catorce meses.

Ahora, la pregunta.

Dentro del cordón estaba pasando algo que le da la vuelta a la historia, y se supo en 2016. Un trabajo de Lilith Whittles y del propio Didelot, publicado ese mismo año en Proceedings of the Royal Society B, reconstruyó la cadena de contagios de Eyam a partir del registro parroquial, casa por casa, con un modelo estadístico. El resultado: alrededor de tres cuartas partes de los contagios fueron de persona a persona, y solo una cuarta parte vino de la pulga de la rata, que es el mecanismo clásico de la peste bubónica. Y midieron otra cosa que casi siempre se cuenta al revés. El contagio entre dos personas de la misma casa iba a un ritmo 56 veces mayor que entre dos que no vivían juntas; y aun así, de todos los contagios de persona a persona, alrededor del 82 % vinieron de fuera del propio hogar, porque cada vecino tenía muchísimos más contactos en el pueblo que dentro de su casa.

Léelo junto a la regla central del cordón. «Nadie cruza las piedras» dejó a un pueblo entero conviviendo consigo mismo catorce meses, en un brote que iba de vecino a vecino mucho más que de rata a vecino. Un cordón alrededor de un foco que se transmite así hace dos cosas a la vez, y solo una es buena: protege a los de fuera y deja a los de dentro exactamente donde está el contagio.

El registro de la iglesia anota 273 víctimas de la peste, y el trabajo de 2016 contabilizó 257. Las dos cuentas se parecen porque son lo mismo: nombres con fecha, uno debajo de otro. Lo que no se sabe bien es el denominador. La versión que se contó durante todo el siglo XIX daba al pueblo 350 habitantes y 83 supervivientes, o sea tres muertos por cada cuatro vecinos. Whittles y Didelot, reconstruyendo el brote a partir del propio registro parroquial, trabajan con 689 personas en riesgo y 257 muertes: un 37 %. Entre un tercio y tres cuartas partes: con esa holgura se sabe a cuánta gente mató la peste en Eyam. Los nombres, en cambio, están todos.

No existe la otra mitad del experimento. Nadie puede medir cuántas vidas salvó el cordón fuera de Eyam, porque no hay un Eyam gemelo que no se encerrara y con el que comparar. Los pueblos de alrededor mandaron comida y no consta allí un brote equivalente, pero eso no se le puede atribuir al cordón con los papeles en la mano: la peste de 1665 y 1666 fue muy desigual de un valle a otro por razones que todavía se discuten. Por eso la pregunta sigue en las revistas trescientos sesenta años después, y por eso el título de aquel artículo de 2016 acaba en interrogación.

Lo que no está en duda es quién lo decidió. No hubo tropa cortando los caminos ni bando de la corona: las piedras las pusieron ellos, y el trato con Chatsworth lo pidió por carta su propio rector, que a los catorce meses había enterrado a su mujer y seguía firmando los entierros de los demás.