
Le regaló un reloj de pulsera el día de la boda. Se atrasaba un minuto exacto cada día.
—Es defectuoso —protestó ella.
—Es a propósito —sonrió él—. Para que siempre lleguemos tarde juntos a todas partes.
Durante cuarenta años ella lo llevó puesto, corrigiéndolo a mano cada mañana, riñéndole en broma por aquel regalo tonto.
Él murió un martes de octubre.
Esa noche, deshecha, se sentó a mirar el reloj para recordarlo. Y contó. Un minuto al día, cuarenta años. Sumó los minutos, las horas, los días robados a la puntualidad.
Exactamente el tiempo que los médicos le habían dado a él al nacer, con aquel corazón que no debía haber durado ni la infancia.
El reloj no se atrasaba. Contaba hacia atrás el tiempo que le habían prestado. Y esa noche, por primera vez en cuarenta años, marcaba la hora justa.