
En la Edad Media, el pergamino era caro y copiar libros, lentísimo. Los monjes copistas inventaron abreviaturas para todo, y una de ellas consistía en escribir una letra doble poniendo una rayita encima de una sola: «anno» pasó a escribirse «año». Aquella rayita, la virgulilla, es la tilde de la ñ.
El sonido era nuevo —el latín clásico no lo tenía— y cada lengua romance lo resolvió a su manera: el portugués eligió «nh», el francés y el italiano «gn», el catalán «ny». El castellano se quedó con el atajo de los copistas, y Alfonso X el Sabio lo fijó en la escritura de su cancillería.
Es decir: la letra más identitaria del español nació como un truco para comprimir texto. Un algoritmo de compresión del siglo XIII que seguimos ejecutando cada vez que escribimos «España».