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Por capítulos · Las recetas del doctor Sagasti · Del catálogo de Margen

Once nombres sin médico a veintidós kilómetros

Antes: en Valdecierzo alguien firma recetas con la letra del doctor Sagasti, muerto hace dos años. Los once pacientes viven solos.

Nueve días para la inspección. Águeda Mendioroz, boticaria de Valdecierzo, abrió el domingo a las diez porque le tocaba guardia, y a las diez y cuarto ya tenía encima del mostrador lo único que no había mirado nunca junto: la carpeta azul con las treinta y una recetas y el libro de reparto de pastilleros, un cuaderno de tapas de cartón que ella y Simón Goñi el panadero empezaron hace tres años, cuando montaron lo de subir las cajas con el pan: qué casa recibe qué caja y qué día.

Los domingos en Valdecierzo la farmacia abre por si acaso. Entra poca gente, y casi siempre a preguntar por alguien.

La primera fue Celedonio Baraibar. Ochenta y uno, esquilador durante cuarenta años en las cuadrillas que bajaban a Bardenas, viudo, vive solo en la casa de abajo del frontón. Entró con la gorra en la mano, como si el mostrador fuera un despacho.

—Vengo por lo mío —dijo.

Lo suyo es el anticoagulante. Águeda lo tiene en la balda de arriba, en una caja con su nombre escrito con rotulador porque Celedonio no lee bien las letras pequeñas.

—Tres cuartos —dijo ella—. Desde febrero.

—Desde febrero. —Celedonio le dio la vuelta a la gorra entre los dedos—. Me sacaron sangre en el hospital de la comarca, miraron ese número que miran y mandaron bajar un cuarto. A quien lo mandó no le he visto la cara en mi vida.

—¿Y quién te lo renueva?

—Tú.

Águeda no dijo nada. Cogió la caja, marcó la fecha en la esquina de la receta con el lápiz blando de siempre y se la guardó en la carpeta azul, que ya no cabía bien en el segundo cajón de la trastienda.

—Celedonio, ¿cuándo fuiste por última vez al médico de área?

—Al de los veintidós kilómetros. —Lo dijo con el tono con que se dice el nombre de un sitio al que no se va—. La primera vez fui. Me dieron cita por la máquina esa que te pregunta el número de la tarjeta, y yo el número de la tarjeta lo tengo en la tarjeta, o sea que se lo tuve que leer a la máquina. Y cuando llegué allí, el hombre me preguntó qué tomaba. Yo le dije lo que tomo. Y él me lo apuntó.

—¿Y?

—Y que eso ya lo sabía Braulio sin preguntármelo.

Se fue con la caja y con media docena de sobres de suero que ni había pedido. Águeda se quedó mirando la puerta más rato del que hacía falta.

La segunda fue Maribel Zubiri, cuarenta y pocos, auxiliar de geriatría en la residencia de Tafalla, que baja los fines de semana a ver a su madre. Venía a por un jarabe y a devolver un tensiómetro prestado.

—¿Tú no ibas siempre a la de la carretera? —le preguntó Águeda.

—Y voy. Está abierta hasta las nueve y aparco en la puerta. —Maribel se rio—. Perdona, Águeda, pero es que aparco en la puerta.

—Si es que tienes razón.

—Mi madre no. Mi madre bajaría antes al río que a la carretera.

Águeda apuntó eso también, aunque en ese momento todavía no sabía por qué.

A las once abrió el correo en el ordenador de la trastienda, uno de mesa que hace ruido de aspiradora cuando lleva media hora encendido.

Marcial Beloki, técnico de la gerencia del área de salud, del departamento de facturación, le había vuelto a escribir el viernes a las siete y veinte de la tarde, unas horas después de llamarla él mismo para contarle lo del albarán sin material. En el certificado que Águeda le mandó el jueves iban las treinta y una numeraciones en columna y dos líneas pidiéndole el detalle del parte de destrucción de los talonarios; los once nombres se los pasó el viernes por correo, en cuanto los tuvo. El parte no venía. Venía otra cosa.

«Águeda: del parte te digo algo la semana que viene, que lo tiene el jurídico. Te adjunto mientras lo que sí puedo sacar yo: relación de pacientes de Valdecierzo con medicación crónica activa a fecha de hoy, y prescriptor de la última renovación de cada uno. Son cuarenta y seis. No te lo mando por gusto: míralo tú, que a mí me sale una cosa rara y prefiero que me digas si estoy viendo mal. M.»

El archivo era una hoja de cálculo de las que llegan sin formato, con las columnas apretadas y los apellidos en mayúsculas. Cuarenta y seis filas. Águeda la imprimió, porque hay cosas que solo se ven en papel, y la puso encima del mostrador al lado del libro de reparto.

Cuarenta y seis crónicos en un pueblo de cuatrocientos vecinos es lo normal donde la mitad de la gente pasa de setenta.

Empezó por lo fácil. En la columna del prescriptor, treinta y cinco filas tenían un nombre y un número de colegiado que Águeda conoce de memoria porque lo lee veinte veces al día: el médico de área, el de los veintidós kilómetros, el de las dos mañanas por semana. Treinta y cinco personas de Valdecierzo que en estos dos años y cuatro meses han pasado por allí al menos una vez y han salido con la pauta renovada por él.

Quedaban once filas.

Las once tenían la casilla del prescriptor con el mismo número: 31.0448. El de Braulio Sagasti.

Águeda no se sorprendió de eso; eso ya lo sabía desde el primer día. Lo que hizo fue tapar con la mano la columna de los nombres y leer solo lo demás: fecha de nacimiento, medicación, domicilio. Y después destapó.

BARAIBAR ARANGUREN, CELEDONIO. OCHANDIANO EGUÍA, BALBINA. REDÍN LARRAYA, ANSELMA.

Y los ocho que faltaban.

Los mismos once de la carpeta azul. En el mismo orden no, porque la hoja de Marcial iba por apellido y la carpeta va por fecha, pero los mismos. Uno por uno.

Lo hizo otra vez despacio, con el dedo, como se cuadra una caja: leyó un apellido de la hoja, buscó su receta en la carpeta, dejó la receta boca abajo a la derecha. Once veces. Al final tenía once recetas boca abajo, ninguna fila sin pareja y ningún nombre sin fila.

Después abrió el libro de reparto por la letra de cada uno. Las once casas estaban dentro, con las notas que ella misma va poniendo al margen para el que sube: la de Balbina con una cruz porque el timbre no va, la de Celedonio con la hora a la que conviene llamar antes de subir. En la de Balbina hay además una anotación de junio: la digoxina pasó de envases de treinta comprimidos a envases de veintiocho, dos días menos al mes, así que cada cuatro meses hay que adelantarle una caja para que no se quede sin nada un fin de semana. De eso no hay ni una línea en las hojas de la gerencia del área.

Descolgó el teléfono de la farmacia, que es fijo y está atornillado a la pared desde antes de que ella naciera, y llamó a Anselma Redín. Anselma, ochenta y dos, maestra de la escuela de Valdecierzo hasta que la cerraron, insulina desde hace nueve años, vive sola desde que se llevaron a su hermano a la residencia de Tafalla. Es de las que contestan al segundo tono.

—Anselma, soy Águeda. Una pregunta tonta.

—Las tuyas nunca lo son.

—¿Tú has ido alguna vez al centro de salud del área? Al de los veintidós kilómetros.

Hubo una pausa corta, de las de ordenar una respuesta que ya se ha dado otras veces.

—Hija, yo no conduzco. Nunca aprendí. Mi hermano llevaba el coche y mi hermano está en Tafalla.

—¿Y no hay quien te suba?

—Claro que hay. Y bajan a las ocho y vuelven a las tres, y yo me pincho a la una. —Lo dijo sin queja ninguna, como quien explica un horario de trenes—. Un día lo hice. Me llevé el bocadillo y la pluma en el bolso y estuve toda la mañana con el bolso en las rodillas. Y el señor que me atendió me preguntó tres veces cómo se escribía Redín.

—Con acento en la i.

—Eso le dije yo. Y me lo escribió sin acento. —Anselma no lo contó como una queja; lo contó como quien enseña una cicatriz vieja—. Mira, yo he tenido en clase a cuatrocientos críos de esta comarca y me sé sus apellidos todos. Aquel señor hacía su trabajo. Pero no me conocía, y para la insulina eso importa, porque la insulina no es una pastilla: es una nevera, un horario y una mano que ya no es la de antes.

Águeda apuntó dos palabras en el margen de la hoja impresa: *no fue nadie*.

—Anselma, una última. ¿Quién te trae la receta de la insulina?

—Pues me la traen. —Un silencio de dos segundos, el único de toda la llamada—. Águeda, hija, tengo la comida al fuego.

Y colgó, que es una manera de contestar.

Rosalía Sagasti, la enfermera jubilada del consultorio, había dicho el sábado en el portal que el lunes bajaba ella la receta de Balbina. Mañana es lunes. Águeda miró el reloj de la pared del mostrador, que adelanta cuatro minutos desde que ella tiene memoria.

Once personas, todas en el libro de reparto, todas con la última pauta renovada por un médico que lleva dos años y cuatro meses en el cementerio de Valdecierzo, junto a la tapia de poniente.

Las otras treinta y cinco no. Águeda las fue leyendo y les fue poniendo cara, que para eso lleva veinte años detrás del mismo mostrador: el matrimonio del número 4, que baja en el coche del hijo; la mujer del bar, que tiene sesenta y dos años y carné; el pastor de Zabalza, que hace los veintidós kilómetros en la furgoneta del pienso y aprovecha el viaje; los tres que trabajan fuera y pasan por el centro de salud a la vuelta. Gente que puede perder una mañana entera y volver.

Los once comparten algo que no viene en la hoja de Marcial: ninguno conduce, ninguno tiene hijos en el pueblo y a ninguno hay quien lo espere allí cuatro horas para traerlo de vuelta.

Volvió a leer la línea de Marcial: *a mí me sale una cosa rara*. Le escribió a las doce menos cuarto, desde el ordenador que hacía ruido de aspiradora.

«Marcial: no estás viendo mal. Los once que no tienen renovación del médico de área son exactamente los once nombres que te pasé el viernes por correo. Una pregunta más, y perdona que sea domingo: ¿puedes mirar si alguna otra farmacia de la comarca ha facturado alguna receta con el colegiado 31.0448? Aquí me han llegado treinta y una. Necesito saber si soy la única. Águeda.»

Contestó a los diez minutos. Marcial Beloki tampoco descansa los domingos, aunque lo diga.

«Ninguna. Cero. He mirado dos años hacia atrás en las nueve farmacias del área. Solo la tuya.»

Águeda leyó eso tres veces. Nueve farmacias en el área, dos años de facturación, y las treinta y una recetas del doctor Sagasti habían entrado todas por la misma puerta: la puerta que su padre pintó de verde en 1996 y que ella abre a las nueve menos cuarto.

Porque hay una farmacia en la carretera, a nueve kilómetros, que abre hasta las nueve de la noche, tiene aparcamiento y no conoce a nadie de Valdecierzo. Su padre le perdía clientes todos los veranos y se enfadaba en voz baja. Águeda dio por hecho que cualquiera de las nueve farmacias del área las habría despachado sin mirar dos veces.

Los once no se mueven de casa: eso acaba de quedar claro. Pero las recetas sí se mueven, y treinta y una veces han acabado en el mismo mostrador. El de ella.

Escribió la pregunta en la última hoja del cuaderno cuadriculado, debajo de las otras, con el mismo lápiz blando de las esquinas: *¿por qué todas aquí?*

Y debajo, más pequeño, lo que llevaba pensando desde que Maribel Zubiri le dijo lo del aparcamiento: *los enfermos no eligen farmacia: no salen de casa. Elige quien escribe. Y quien escribe podría repartirlas por toda la comarca y no lo ha hecho ni una vez.*

Debajo de las dos preguntas quedaba sitio para una tercera, y esa no la escribió. El día 26, Petra Aldunate, la inspectora de farmacia del área, se sentará en la banqueta de las visitas y le preguntará por qué ha dispensado treinta y una recetas firmadas por un colegiado que consta muerto. La respuesta honesta ocupa tres líneas y ninguna de las tres la salva: que se las traían, que las pautas eran las buenas y que, si no las despachaba, Celedonio se quedaba sin anticoagulante.

A la una y media bajó el cierre. Antes de irse hizo lo que hace todos los días desde el 12: tachó el 17 en el calendario de la pared, uno de esos de laboratorio con una foto de un campo de lavanda, y contó los cuadros que quedaban hasta el 26. Ocho.

Y encima del mostrador, todavía, las dos hojas puestas una al lado de la otra.

Once nombres en la carpeta azul. Once nombres en la lista del área con el colegiado de un muerto en la casilla del prescriptor. Los mismos once, sin una sobra ni una falta: las once personas de Valdecierzo que se quedaron sin médico cuando cerró el consultorio y a las que no fue a buscar nadie.